La salud mental de los adultos mayores en tiempos de COVID-19: ¿la bolsa o la vida?

Por Andrea Gulisano*

Con motivo de la conmemoración del Día Mundial de la Salud Mental y mientras la enfermedad por coronavirus COVID-19 atraviesa todo el tejido social y verticaliza su curva trastornando las maneras de vivir, resulta imprescindible reflexionar acerca de algunos aspectos de uno de los grupos vulnerables a esta: el de los adultos mayores.

Una de las cuestiones que trajo aparejada la pandemia fue la necesidad de diferenciar distintas modalidades de acercamientos para limitar la trasmisión de la enfermedad, y por ello se ha distinguido el distanciamiento social de la cuarentena y del aislamiento. Así, el distanciamiento se trata de dejar espacio de dos metros entre vos y otras personas que no viven en tu casa para prevenir que se contagien enfermedades; la cuarentena consiste en separar a las personas y limitar el movimiento de aquellas que pueden haber estado expuestas a la enfermedad para ver si se enferman, y el aislamiento separa a la gente que está enferma de los otros para evitar que se propague la enfermedad (Ruiz, Arcaño y Zaldívar Pérez, 2020). A esa distinción, e-Voluntas (2020) le ha añadido la idea de que permanecemos conectados aún estando separados, aunque también –en contrapartida – se menciona que la proximidad física aumenta las probabilidades de entrar en contacto con nuestros semejantes y que contribuye a la formación de relaciones nuevas y el mantenimiento de las existentes, cuestiones estas últimas imprescindibles para la subjetividad, especialmente de los mayores. Sin embargo, una lectura rápida nos indica que esas modalidades están destinadas a disminuir el riesgo de enfermar que, en el caso de ocurrencia de COVID-19 en ese grupo etáreo, conlleva un elevado riesgo de muerte.

Llegados a este punto, debemos recordar que algunas corrientes de la gerontología estimularon históricamente la autonomía e independencia de los adultos mayores, apuntando a la consecución de un envejecimiento satisfactorio. Bajo esa idea, el mundo invirtió en políticas públicas y pautas para el envejecimiento activo, proactivo y funcional. Esto se refleja por ejemplo en el “Documento de referencia y mensajes clave para la conferencia temática de la Unión Europea: «La salud mental y el bienestar de las personas mayores. Hacerlo posible»” publicado en 2010 por el Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO) perteneciente a la Secretaría General de Política Social y Consumo del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad del Gobierno de España. En él, se indican que las políticas públicas se deberían formular teniendo en cuenta aquellos factores que tienen efecto directo en el envejecimiento saludable, el bienestar, la autonomía y la capacidad de los mayores. Además, en ese mismo documento se señala respecto de la promoción de la salud mental y el sostenimiento de una elevada calidad de vida  que, un estilo de vida saludable, un medio ambiente seguro, la participación activa dentro de la sociedad y la comunidad, son factores protectores del bienestar mental en la edad avanzada muy importantes. Por encima de ello, los autores del escrito sitúan el apoyo de las familias, coetáneos y cuidadores. También, como medidas para mejorar la salud física y el envejecimiento saludable ubican la estrategia de promocionar su salud mental y bienestar a través de la prevención de la soledad y el aislamiento.

Resulta claro, que en 2010 otras eran las circunstancias para la humanidad y la pandemia no aparecía en su horizonte. A la fecha, el Ministerio de Salud de la Nación recomienda para las personas mayores de 65 años autoválidas, el distanciamiento social, lo cual en principio, no incidiría sobre las relaciones interpersonales. Distinta es la situación de aquellos que permanecen en residencias de larga estancia ya que, como señalaron en un estudio de prevalencia de las demencias Pagés Larraya , Grasso y Marí (2003), en la población de adultos mayores institucionalizados el Alzheimer alcanzaba el 24,36%, la demencia vascular multi-infarto el 12,22% y los cuadros específicos el 8,55% y además, Jáuregui y Sagula (2020) indicaron que hasta tres cuartos de esa población padecen de deterioro cognitivo, por lo cual consideramos que el contacto social y la interacción interpersonal resultan necesarios para retrasar su indefectible avance y atenuar la pérdida de calidad de vida.

Sin embargo, en la situación actual, debemos retomar lo que enunciáramos párrafos atrás: se trata de no exponer a las personas mayores al riesgo de perder la vida y morir por COVID-19, exposición que se evita limitando los contactos, y es aquí donde nos enfrentamos a una encrucijada del tipo “la bolsa o la vida” acerca de la cual, Lacan en su Seminario X “La angustia” señala que en la elección entre una y otra, resulta forzoso hacerla por la vida, pero al elegirla, ésta ya no puede ser sino, mutilada. Así, para los adultos institucionalizados, la bolsa es el contacto social y la vida es el aislamiento y, la mutilación del contacto implica la pérdida del aporte que a su calidad de vida pudiera hacer el compartir encuentros muy próximos con sus seres queridos: reuniones familiares, abrazos, paseos, etc.

Frente a esto, tiene alcance una de las recomendaciones que respecto de las circunstancias de la pandemia por COVID-19 fueron efectuadas por Brando Garrido (2020) en su “Decálogo de Salud Mental Positiva para Gente Mayor”. Allí, se indica a los adultos que deben cuidar de sus relaciones interpersonales estando en contacto telefónico con las personas significativas con quienes se pueden compartir los sentimientos y de esta manera conocer “que hay personas pensando en usted”. También, del mismo modo, podemos nosotros sugerir a quienes tienen familiares institucionalizados que, en pos de la promoción de su salud mental, apelen a los medios de comunicación de los cuales dispongan para entablar contacto con  ellos induciéndolos –de acuerdo a las capacidades que posean en este momento- a recuperar sus saberes, desde los más sencillos a los más complejos (como ejemplo y según sea el caso desde recetas de cocina familiares a modos de resolución de cuestiones en el hogar; la pasión por el deporte o reparación de algún artefacto domiciliario)  y, respecto de aquellos que manejan tecnología de celulares también se los estimule a través del envío de fotos familiares recordándoles en un texto las circunstancias en que fueron tomadas, dándoles adivinanzas sencillas, links de YouTube de canciones que ellos solían escuchar, etc.

Se debe, por lo tanto, apelar a la creatividad para mitigar los efectos en la salud mental que el aislamiento impuesto por la pandemia pudiera tener, permaneciendo distanciados pero conectados con ellos y ayudándolos a conectarse con su historia de vida, en definitiva, con la vida misma.

 

*Docente de la Facultad de Psicología y Relaciones Humanas Universidad Abierta Interamericana. Psicóloga. Especialista en Epidemiología. Magister en Gerencia y Administración de Servicios de Salud. Integrante del Equipo Técnico de la Secretaría de Salud Metropolitana de Rosario del Ministerio de Salud de la Provincia de Santa Fe.