Hacia un consultorio expandido: la UAI explora cómo la arquitectura influye en la experiencia de la infancia
¿Qué sucede cuando un niño espera para ingresar a una sesión terapéutica? Mientras los adultos pueden percibir ese momento como un tiempo previo a la consulta, para los chicos puede convertirse en una oportunidad para jugar, explorar, observar el entorno o buscar formas de regular sus emociones.
Esta mirada forma parte de Hacia un consultorio expandido: la arquitectura como lenguaje, un Proyecto de Extensión y Vinculación con el Medio 2026 de la Universidad Abierta Interamericana, desarrollado en el centro Mita’i. La iniciativa propone analizar los espacios intermedios de la institución desde una perspectiva interdisciplinaria, que integra aportes de la Psicología, la Arquitectura y la Psicopedagogía.
El proyecto está a cargo del arquitecto Lautaro Ballerini y cuenta con la participación de Albertina Gizzi, Valentina Campagno y Agustina Borghi, integrantes de la Facultad de Psicología y Relaciones Humanas de la UAI Rosario.
Durante los recorridos por la institución, el equipo observó que los niños no necesariamente permanecen sentados mientras esperan. Por el contrario, interactúan con los elementos que tienen a su alcance, exploran texturas, utilizan espejos y sillones para inventar juegos y buscan la cercanía de sus familiares cuando se sienten incómodos o aburridos.
Estas conductas permiten comprender que la espera no es un tiempo vacío, sino una experiencia en la que intervienen las características del ambiente, las emociones y las posibilidades de interacción.
“Para nosotros la espera es un tiempo perdido, pero para ellos pasa de todo”
En esos momentos, los chicos observan detalles, exploran el entorno y construyen maneras propias de habitar el espacio.
La observación también permitió advertir que algunas señales de malestar pueden pasar inadvertidas hasta que la ansiedad se vuelve más evidente. Por eso, reconocer las necesidades de los niños y las condiciones en las que esperan resulta importante para pensar ambientes que acompañen sus experiencias cotidianas.
El espacio puede favorecer la calma y la autonomía
Las características físicas de una sala de espera no son neutrales. La distribución del mobiliario, la cantidad de personas, la iluminación, los sonidos y la amplitud de los ambientes pueden influir en las conductas y en las posibilidades de relacionarse.
En espacios estrechos o muy concurridos, los niños y sus familias pueden tener menos oportunidades para explorar. En cambio, los ambientes más abiertos y tranquilos pueden favorecer el juego, el contacto con otros chicos y una interacción más espontánea con el entorno.
Desde esta perspectiva, el diseño arquitectónico puede contribuir al bienestar mediante decisiones que contemplen las necesidades sensoriales y emocionales de la infancia. La iluminación cálida, los colores que evitan la saturación, las texturas adecuadas, una organización sonora cuidada y los apoyos visuales son algunos de los recursos que pueden ayudar a reducir la incertidumbre y acompañar la regulación emocional.
El objetivo no es eliminar todos los estímulos ni impedir la exploración, sino generar condiciones que permitan combinar seguridad y autonomía. Los límites espaciales pueden proteger, pero también ofrecen oportunidades para que los niños descubran el ambiente a través del cuerpo, los sentidos y el juego.
El patio y los sonidos también forman parte del cuidado
Uno de los hallazgos del relevamiento estuvo relacionado con el potencial de los espacios al aire libre. El patio de Mita’i, utilizado en jornadas especiales como el Día de la Primavera o el Día de las Infancias, ofrece condiciones diferentes a las de los ambientes interiores.
La presencia de vegetación y el contacto con el aire libre pueden favorecer la descarga motriz, la exploración y una experiencia de interacción distinta con los profesionales. En determinadas circunstancias, estos espacios pueden funcionar como áreas de transición y descompresión sensorial, ofreciendo alternativas para acompañar la ansiedad acumulada.
Otra situación observada permitió reconocer la importancia del ambiente sonoro. El equipo describió cómo la música suave que se escucha a través de pequeños parlantes ubicados en las esquinas del techo contribuyó a recuperar un clima de calma luego de que un niño comenzara a gritar.
La experiencia llevó a reflexionar sobre cómo las condiciones ambientales pueden actuar como recursos de acompañamiento cotidiano, sin reemplazar las intervenciones profesionales que cada situación pueda requerir.
Aprendizajes que suceden fuera del consultorio
Desde la Psicología, los llamados aprendizajes invisibles permiten reconocer que los niños también desarrollan recursos a partir de experiencias cotidianas que no necesariamente forman parte de una intervención clínica o educativa explícita.
En diálogo con la perspectiva sociocultural de Lev Vygotsky, el equipo destaca la importancia de las interacciones y del contexto en los procesos de desarrollo. Esperar, anticipar una actividad, orientarse dentro de una institución, explorar un espacio o relacionarse con otras personas puede contribuir a la autonomía, la regulación emocional y la adaptación.
En este sentido, los pasillos, las salas de espera y el patio también forman parte de las experiencias que atraviesan los niños. Aunque estos lugares no sean el escenario principal de una sesión terapéutica, pueden influir en cómo llegan a ella y en cómo viven su permanencia en la institución.
La observación interdisciplinaria permitió, además, ampliar la interpretación de algunas conductas. El llanto, la inquietud o la resistencia no necesariamente deben analizarse como manifestaciones individuales aisladas: también es importante considerar qué estímulos, condiciones espaciales o situaciones del entorno pueden estar influyendo.
La interdisciplinariedad amplía la mirada
El trabajo con estudiantes de Arquitectura permitió incorporar aspectos que, desde una perspectiva exclusivamente psicológica, podrían quedar en segundo plano. La iluminación, la acústica, la distribución del mobiliario, los recorridos y las posibilidades de acceso a determinados sectores también forman parte de la experiencia subjetiva.
A su vez, los aportes de la Psicopedagogía permitieron reconocer la utilidad de los pictogramas como apoyos visuales para anticipar y comprender situaciones. En Mita’i, por ejemplo, el equipo observó un pictograma en el baño que mostraba, mediante imágenes, la secuencia para realizar el lavado de manos.
A partir de esa experiencia, surgió la posibilidad de pensar otros usos para estos recursos, como su incorporación en las puertas de los consultorios para anticipar qué espacio encontrarán los niños o qué actividad realizarán.
El intercambio entre disciplinas contribuyó así a construir una lectura más contextualizada de las conductas, que considera la relación entre el niño, las personas que lo acompañan y el ambiente en el que se encuentra.
Hacia un consultorio que se extiende más allá de sus paredes
El proyecto propone pensar la sala de espera como algo más que un lugar previo a la consulta. La experiencia del niño y de su familia comienza desde el ingreso a la institución y continúa a través de los diferentes espacios que recorren.
En esos ambientes se ponen en juego la anticipación, la ansiedad, la regulación emocional, la interacción y la autonomía. También se encuentran las experiencias de los adultos acompañantes, que pueden atravesar tratamientos prolongados y tiempos de espera que generan cansancio y desgaste.
Desde esta mirada, el concepto de consultorio expandido invita a reconocer que el cuidado no se limita a las cuatro paredes del espacio terapéutico. Los pasillos, las salas de espera, el patio y otros ambientes de la institución también pueden contribuir a generar experiencias de seguridad, acompañamiento y bienestar.
A través de este Proyecto de Extensión y Vinculación con el Medio, la UAI Rosario promueve una formación vinculada con la observación de situaciones reales y el intercambio interdisciplinario. La iniciativa invita a repensar los espacios cotidianos y a reconocer que diseñar entornos para la infancia implica considerar no solo dónde transcurren las experiencias, sino también cómo esos lugares pueden acompañarlas.


