La UAI impulsa un proyecto interdisciplinario para repensar las salas de espera desde la infancia
¿Qué sucede mientras un niño espera para ingresar a una sesión de terapia? ¿Cómo influyen el mobiliario, los recorridos y los objetos en sus posibilidades de jugar, explorar o relacionarse con otras personas? Estas preguntas guiaron un proyecto interdisciplinario de la Universidad Abierta Interamericana que llevó a estudiantes a observar las salas de espera y los espacios de circulación del centro Mita’i desde una perspectiva que integra arquitectura, infancia y cuidado.
La experiencia permitió revisar una idea habitual: que una sala de espera es, simplemente, un lugar para permanecer hasta ser atendido. A partir de la observación de las dinámicas cotidianas, las estudiantes descubrieron que esos espacios también son escenarios de juego, encuentros, emociones, exploración y acompañamiento familiar.
“Antes la entendíamos principalmente como un espacio de transición: un lugar donde las personas permanecen hasta que llega el momento de ingresar al consultorio. Después de esta experiencia empezamos a verla como un espacio donde también suceden cosas: se juega, se observa, se interactúa, se espera, se conversa, se anticipa lo que va a suceder y se construyen diferentes formas de habitar ese tiempo”, explicaron Stefanía Boloneci y Luisina Baranda, estudiantes de quinto año de Arquitectura.
El trabajo propone ampliar la mirada sobre el diseño arquitectónico y comprender que las decisiones espaciales no solo organizan ambientes, sino que también pueden favorecer o limitar determinadas experiencias. En ese sentido, la iniciativa pone en valor la formación universitaria vinculada con situaciones reales y el intercambio entre distintas disciplinas para abordar necesidades concretas de la comunidad.
Observar los espacios desde la experiencia infantil
Durante el relevamiento, las estudiantes identificaron dificultades relacionadas con la estrechez de algunas salas de espera y zonas de circulación, así como la falta de espacios destinados a otras actividades, como jugar, estudiar o trabajar. También observaron que, cuando varias personas coinciden en estos ambientes, las oportunidades para el encuentro y la socialización pueden resultar limitadas.
Para Agustina Pis Gagniere, la experiencia permitió comprender que el diseño debe contemplar mucho más que la incorporación de asientos o la disponibilidad de superficie:
“Después de esta experiencia, comprendimos que también es importante pensar qué sucede durante ese tiempo de espera y qué posibilidades ofrece el espacio. Por eso, consideramos que incorporar mobiliario flexible, objetos o actividades podría favorecer distintas formas de permanencia, juego, encuentro o incluso permitir que algunas personas aprovechen ese tiempo para realizar otras tareas”, señaló.
Uno de los principales aprendizajes fue reconocer que los espacios no siempre se utilizan de la manera en que fueron pensados. Los niños pueden encontrar nuevas posibilidades en elementos cotidianos: un espejo puede convertirse en un lugar de juego y movimiento, mientras que una baranda puede despertar el interés por experimentar con el equilibrio y el propio cuerpo.
Estas situaciones, que podrían pasar inadvertidas desde una mirada exclusivamente funcional, permitieron reflexionar sobre cómo los objetos, los recorridos, la iluminación y la disposición del mobiliario intervienen en la experiencia infantil.
“Los espacios no son solamente lugares donde suceden las cosas, sino que también condicionan cómo suceden”.
**Agustina Manfredi**, estudiante de tercer año de Arquitectura.
Los espacios intermedios también forman parte del cuidado
El proyecto también puso el foco en las familias y los acompañantes, que pueden pasar una parte importante de su día en la institución. En Mita’i, algunos espacios que originalmente funcionaban como pasillos de una vivienda antigua se convirtieron en lugares de permanencia, encuentro y reencuentro antes y después de las sesiones terapéuticas.
Esta observación permitió reconocer el valor de los llamados espacios intermedios: ambientes que conectan distintas áreas, pero que también cumplen una función significativa en la experiencia de quienes los transitan y habitan.
Desde esta perspectiva, la sala de espera puede pensarse como una extensión de los espacios de atención. Su diseño tiene el potencial de ofrecer distintos niveles de interacción, privacidad, contacto visual y acompañamiento, de acuerdo con las necesidades de cada niño y su familia.
La estudiante Marianela Coroso planteó esta reflexión al describir el espacio intermedio como:
“Un ámbito de transición entre los espacios terapéuticos y los espacios de apoyo, que permite graduar las relaciones de privacidad, interacción, percepción y acompañamiento”.
Y agregó una idea central para pensar el diseño de estos ambientes:
“Su función no es únicamente conectar ambientes, sino mediar entre el niño, su acompañante y el profesional, ofreciendo diferentes niveles de proximidad, contacto visual y participación según las necesidades de cada momento del proceso terapéutico”.
Así, el proyecto invita a preguntarse dónde comienza y dónde termina la experiencia de cuidado. ¿Empieza cuando el niño ingresa al consultorio o también se construye desde su llegada a la institución? ¿Qué sucedería si los espacios de espera pudieran acompañar mejor ese proceso?
Una mirada interdisciplinaria sobre la infancia
El intercambio con estudiantes de Psicología y Psicopedagogía permitió sumar nuevas herramientas para interpretar lo observado. Mientras Arquitectura aportó una mirada centrada en la configuración espacial, los recorridos, los objetos y las condiciones físicas, las otras disciplinas contribuyeron a considerar aspectos emocionales, cognitivos, vinculares y relacionados con el aprendizaje.
Esta articulación ayudó a comprender que una misma configuración espacial puede ser experimentada de distintas maneras. Algunos niños pueden buscar estímulos para jugar o interactuar, mientras que otros pueden necesitar ambientes más tranquilos. Por eso, pensar espacios flexibles, con diferentes posibilidades de uso, resulta fundamental para contemplar las diversas formas de habitar la infancia.
Agustina Manfredi destacó que el trabajo conjunto permitió construir una interpretación más integral de las situaciones cotidianas y comprender que las intervenciones arquitectónicas deben considerar las dinámicas de la institución y a las personas que sostienen su funcionamiento:
“Mientras nosotras prestábamos especial atención a la organización espacial, los objetos y los recorridos, el intercambio con Psicología y Psicopedagogía nos ayudó a considerar también los comportamientos, los vínculos, las necesidades y las formas de aprendizaje”, explicó.
La experiencia también permitió reflexionar sobre la relación entre autonomía y cuidado. Un espacio puede ofrecer oportunidades para que los niños exploren, elijan dónde permanecer, accedan a objetos y se relacionen con otras personas, sin dejar de contemplar las condiciones de seguridad y acompañamiento que necesitan.
Diseñar empieza por observar y escuchar
Uno de los principales aprendizajes del proyecto es que la arquitectura no se limita a resolver una función o definir una distribución. También implica comprender cómo las personas experimentan un lugar, qué vínculos construyen y qué posibilidades encuentran en él.
Para las estudiantes, diseñar espacios destinados a la infancia requiere prestar atención tanto a las actividades principales como a aquellas situaciones que suelen quedar en segundo plano: las esperas, los pasillos, los rincones y los momentos compartidos con las familias.
“Creemos que antes de preguntarse qué forma debería tener el espacio, habría que preguntarse quiénes van a habitarlo y qué experiencias queremos que puedan suceder allí”, reflexionaron Stefanía Boloneci y Luisina Baranda.
En la misma línea, Agustina Manfredi sostuvo que “diseñar para las infancias no significa solamente adaptar la escala de un espacio adulto, sino intentar comprender otras formas de mirar, recorrer y habitar la arquitectura”.
A través de esta experiencia, la UAI promueve una formación que vincula los conocimientos disciplinares con la observación de la realidad y el trabajo colaborativo. El proyecto invita a repensar los espacios cotidianos desde una perspectiva más amplia, en la que el diseño arquitectónico, las necesidades de la infancia y las prácticas de cuidado se articulan para imaginar entornos más accesibles, flexibles y atentos a quienes los habitan.


