Docentes UAI proyectan transformar la arquitectura ribereña del Paraná
El horizonte, en la ribera del Paraná, es un modo de pensar. Allí, bajo la cabecera del puente Rosario–Victoria, un equipo integrado por Ana Babaya, docente de la carrera de Arquitectura de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), junto a los profesores de la Casa Juan Manuel Pachué, Marco Zampieron y Alejandro Puete; y el arquitecto Matías Salomón, obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Ideas para el Parque de la Cabecera, una convocatoria que reunió 62 propuestas de todo el país. El plan maestro y su pieza principal, el Centro Cultural Fluvial “El Remanso”, se presentan como una infraestructura pública contemporánea que, más que ocupar la ribera, la deja suceder.
La Arq. Babaya explica las decisiones claves del proyecto: una forma horizontal que se pliega a la memoria portuaria, un parque que funciona como infraestructura social y ecológica, y un edificio palafítico que libera el suelo para que lo público fluya. La arquitecta recorre las diferentes dimensiones del proyecto, su relación con el barrio Remanso Valerio, y las estrategias de sustentabilidad.
Una linealidad que acompaña al río
“La horizontalidad aparece casi de manera inevitable cuando uno se detiene a mirar el río”, dice Babaya, llevando a comprender el gesto fundante del proyecto. La ribera del Paraná, recuerda, está tejida por piezas largas e industriales, como galpones, silos, muelles, y cargueros que, en su acumulación, fabrican un paisaje de memoria portuaria. “Nos interesaba trabajar desde esa memoria, pero no de forma literal, sino como una resonancia conceptual que resulte en una arquitectura propia de nuestro paisaje pampeano. Una arquitectura del paisaje del río y su pampa”, confiesa.

Esa resonancia se traduce en una nave única y contundente, paralela al cauce, que sostiene el horizonte. “No queríamos un objeto que compitiera con el paisaje ni que buscara imponerse desde la altura. La decisión fue reforzar la línea del borde y dejar que el río y el parque sigan siendo protagonistas”, subraya. La imagen, entonces, no es la del ícono que irrumpe, sino la del artefacto que acompaña: una envolvente ligera, translúcida, que como una membrana reacciona a la luz durante el día y convierte al edificio en hito cultural por la noche, visible desde el cauce fluvial y los accesos metropolitanos.
El parque, a su vez, funciona como un colchón paisajístico: el proyecto se retira de las avenidas Carrasco y Los Plátanos para filtrar lo urbano y conformar una franja forestada que regula sonido y microclima, y hace de transición entre ciudad y ribera. “Hacia el oeste la vegetación crece en densidad y porte; hacia el este se disuelve en arbustivas, pastizales y yuyos ribereños, hasta encontrarse con el agua”, describe. No se trata de una escenografía, sino de una parquización por estratos (árboles, arbustos, cubresuelos) pensada para favorecer biodiversidad, estabilizar la barranca y fortalecer la conectividad ecológica del borde.

“Nos gustaba la idea de un edificio que encuadra el paisaje, que mide y contiene sin asomar por encima de él”, agrega en tono reflexivo. La pieza cultural se desplaza hacia el este, liberando suelo urbano y consolidando una continuidad peatonal norte–sur entre Rosario y Granadero Baigorria. En palabras de Babaya, “el edificio no irrumpe; acompaña. Su contundencia formal no busca imponerse, sino dar lugar”.
Parque y comunidad: el borde como pacto cotidiano
Desde el inicio, dice Babaya, el proyecto no podía ser solo un equipamiento cultural: debía dialogar con quienes ya habitan y usan la ribera. “Remanso Valerio tiene una identidad muy fuerte ligada al río y a la pesca, y eso no podía quedar desplazado”.
La respuesta fue pensar el parque como infraestructura pública. “La nueva bajada náutica no es un gesto accesorio: es una forma de reforzar el vínculo histórico del barrio con el agua”, explica. Esta infraestructura, ubicada hacia el sur, se integra como acceso al río y nodo turístico, pero sobre todo como punto de conexión social, educación ambiental y regeneración urbana.

La tipología palafítica del edificio es clave. “Al elevar parcialmente el edificio, liberamos la planta baja para que el espacio público continúe bajo él. La idea es que el centro cultural no se perciba como un límite, sino como una extensión del parque y del barrio”. Allí, en la planta baja, se alojan accesos, cafetería, sala de exposiciones, foyer y baños públicos, que hacen de bisagra entre el suelo libre, activo en días de uso intensivo y en la vida cotidiana, y los niveles superiores, donde se disponen los equipamientos culturales.
El recorrido no se impone; se explora. “La espacialidad se organiza en capas”, apunta. Un foyer de múltiples alturas, escalonado por dos escaleras en extremos este–oeste y con miradores hacia el río, concatena las circulaciones. Las galerías perimetrales rodean los volúmenes técnicos y van componiendo escenas que cambian con la luz y el clima. “La experiencia del usuario no está predefinida: se camina, se observa, se cruza. El edificio se explora más que se recorre”, afirma.
Hacia el norte, el parque expande sus límites e incorpora la arenera existente como parte de un paseo ribereño activo. El resultado es una continua costura entre paisajes productivos, recreativos y culturales. “Nos interesaba que el proyecto repare continuidades más que inventar límites”, sintetiza Babaya.
Flexibilidad, sustentabilidad y un futuro abierto
La convivencia de usos diversos (auditorio, escuela de música, biblioteca, restaurante, salas de ensayo, aulas, espacio expositivo) exigió pensar en un sistema flexible más que en compartimentos. “Más que pensar en divisiones rígidas, tanto para el parque como para las edificaciones trabajamos con capas y niveles que permiten distintos grados de uso y ocupación”, dice Babaya.

El auditorio principal es una caja flexible con gradas móviles y un sistema de aperturas hacia el parque, lo que multiplica sus formatos: desde un concierto íntimo hasta un escenario abierto al norte con el río y el puente como telón de fondo. “Nos interesaba que el proyecto pudiera adaptarse en el tiempo”, remarca.
En la última planta, un patio central organiza la escuela, la biblioteca y el restaurante con terraza–mirador. Ese nivel, accesible también desde el parque mediante un núcleo vertical independiente que interrumpe la horizontalidad general del volumen, se concibe como remate público en altura: un lugar para aprender, comer, mirar.
La envolvente del edificio cumple una doble misión: carácter perceptivo y comportamiento ambiental. “La envolvente funciona como filtro climático, regulando la incidencia solar”, explica. Los espacios de uso intermitente (foyers, circulaciones, áreas de transición) se climatizan con estrategias eficientes, mientras que en salas se refuerzan aislaciones térmicas y acústicas.

A esto se suma un sistema de intercambio térmico que aprovecha la temperatura estable del subsuelo y troneras superiores que liberan el aire caliente en verano, garantizando ventilación renovada. “La sustentabilidad está integrada desde la concepción general. La tipología palafítica libera el suelo, favorece la ventilación natural y la continuidad espacial. Este parque se plantea como reservorio del ecosistema, con forestación local y resguardo de la barranca”, precisa.
También hubo una definición material que mira el ciclo de vida: “Priorizamos materiales durables y sistemas constructivos robustos, pensando en el mantenimiento a largo plazo. La idea es que el edificio funcione bien con una operación eficiente y sostenible en el tiempo”, indica.
Sobre el carácter del objeto construido, Babaya insiste en una lógica dual: una caja técnica suspendida dentro de una envolvente translúcida, “un edificio dentro de otro”, apoyada en una estructura portante de hormigón que organiza volumen y espacialidad sin perder unidad formal. La circulación es clara y jerárquica, con accesos diferenciados y ascensores y escaleras que ordenan el tránsito vertical.
“El edificio no solo se recorre, se habita”
El concurso, recuerda, no es vinculante y el proyecto podría modificarse de cara a la licitación futura. ¿Qué es innegociable? Babaya no duda: “La relación con el río: la implantación del edificio paralelo al cauce, la planta baja liberada como espacio público y la envolvente que contiene una caja técnica interior. Esas decisiones estructuran el carácter del proyecto”. ¿Y lo adaptable? “El programa puede ajustarse. Dimensiones, configuraciones internas o equipamientos pueden variar sin alterar la lógica general. El proyecto está pensado como una estructura abierta que puede evolucionar, siempre manteniendo su vínculo con el paisaje y la comunidad”.

Finalmente, Babaya vuelve al punto de partida: el río como medida y la memoria portuaria como materia. “Como un artefacto en un remanso, la pieza cultural se posa con la certeza de lo que siempre estuvo allí”, dice. No pretende ser un objeto que reclama atención, sino una infraestructura cultural disponible para el uso, la transformación y la activación constante. Sostener, alojar, conectar: tres verbos para una arquitectura que no compite con el paisaje, lo encuadra; que no interrumpe el cauce, fluye con él.


