En los templos del cartón digital
Tomás Magliocca, graduado de la Licenciatura en Periodismo de la Sede Rosario, presentó su libro “Los nuevos ídolos. En los templos del cartón digital” un ensayo que nace de su tesis de grado y se transforma en una reflexión accesible sobre cómo el ecosistema digital reconfigura la pertenencia, la identidad y la idolatría contemporáneas. Magliocca cuenta cómo una frase escuchada en un conversatorio: “La televisión ha muerto”, lo llevó a preguntarse ¿qué es el streaming?, y a emprender un recorrido entre autores, datos y entrevistas para comprender los nuevos liderazgos que emergen en plataformas y redes.
“Asistía a un conversatorio de la universidad sobre los nuevos medios digitales donde los panelistas principales deslizaron la frase ‘la televisión ha muerto’. Eso me generó muchas dudas”, confiesa. Este punto de partida, le generó una duda periodística convertida en investigación y, finalmente, en libro.

El ensayo explora la fragilidad de los “héroes posmodernos” (los nuevos ídolos digitales) y los templos del cartón digital donde se sostienen sus comunidades; analiza las diferencias entre las figuras tradicionales (deporte, música, televisión) y los referentes nacidos en el ciberespacio; y advierte sobre los efectos de los algoritmos, la economía de la atención y la segmentación en la vida pública y en las juventudes. Tomás defiende el rol del periodismo investigativo como herramienta esencial frente a la velocidad y la viralización, y reivindica la necesidad de un oficio que combine rigor, ética y capacidad narrativa.
- ¿Cómo se origina la idea de investigar sobre “Los nuevos ídolos”? ¿cómo fue desarrollándose el proceso de escritura?
- Asistía a un conversatorio de la universidad sobre los nuevos medios digitales donde los panelistas principales deslizaron la frase: “La televisión ha muerto”. Eso me generó muchas dudas. Diría entonces que la investigación comenzó con una pregunta, como comienzan las grandes investigaciones o como comienzan todas las aventuras hacia lo desconocido: ¿Qué es el streaming?. Como periodista, como comunicador y como estudiante debía empaparme con la temática. Sintonizó con el momento justo de mi proceso de tesis, junto a mi tutora Marianela Medina y mi cotutor Martín Pueblas. En resumen, una charla, una pregunta y una grata curiosidad sirvieron como disparadores fundacionales del ensayo.
Por supuesto, no fue un camino de rosas, sino más bien un eterno aprendizaje de conocer el tema y de conocerme como profesional en un campo que requería rigor académico, pero también respeto por la historia. Rescatar fielmente categorías conceptuales que fueran adecuadas para lo que pretendía abordar.
- ¿En qué momento sentiste que esa investigación académica podía transformarse en un libro para un público más amplio?
- Al finalizar mi licenciatura, muchos docentes y allegados me comentaban lo enganchados que habían quedado y que querían saber mucho más. Esa misma sensación me invadía: hambre por saber qué podía decir lejos de las estructuras que propone el sesgo academicista. Por otra parte, es una realidad que me interpelaba constantemente por nuestros consumos culturales de hoy en día. Entonces decidí embarcarme en el ensayo literario como una aventura que pusiera sobre la mesa mi opinión, sostenida en argumentos, sí, pero opinión al fin. Quería saciar mi apetito por saber más, y creo que esa necesidad yace en las entrañas de la mayoría de la ciudadanía, ni hablar de los jóvenes. El libro plantea una mirada sobre la construcción de sentido, pertenencia e idolatría en las comunidades digitales.
- ¿Por qué te interesó abordar ese fenómeno desde el periodismo?
- La información es poder. La calidad de esa información y los medios o condiciones en que la recibimos son esenciales para comprender lo que es verdadero de lo que no, lo que es justo de lo que es injusto, lo que es mentira de lo que es verdad. No creo en las verdades a medias tintas, creo en la verdad institucional y, aunque traten de taparla, siempre queda algo debajo de tanta narrativa sobre ella. Los nuevos referentes no solamente establecen una relación íntima con sus espectadores, sino que estructuran patrones de consumo y sentido sobre cómo procesar y digerir la información. Además, articulan intereses sobre qué verdad vale más que otra. En definitiva, las comunidades responden a estímulos que, muchas veces, censuran la agenda informacional.
El periodismo ha tenido y tiene la obligación de ser un fiscal de lo noticioso. Es verdad que en los engranajes del mercado y los poderes muchas veces somos actores minúsculos ante los acontecimientos que suceden. Pero al menos debemos, desde nuestro rol, atrevernos a preguntarnos e incomodar al resto sobre ciertos procesos de socialización que existen. Al final, el periodista ocupa un rol activo, social, irrenunciable y sumamente vital para la vida en democracia.

- “En los templos del cartón digital”, frase que subyace en la obra, ¿qué representa esa imagen y por qué decidiste utilizarla?
- Es una representación de la vulnerabilidad de estos héroes posmodernos. Me interesaba expresar de manera simbólica que, al igual que su camino, su grandeza se sostiene en debilidades reflejadas del sector que representan. Institucionalizan e internalizan conductas, pero eso no se sostiene en templos de mármol; no, se sostiene en ecosistemas endebles y muy susceptibles a los efectos de cambio, muy insaciables ante los virajes de la discursividad.
- ¿Qué características tienen esos liderazgos contemporáneos?
- Hay que explicar que no son todos iguales. Hay influenciadores, líderes, referentes, exponentes y, por último, algún ídolo de verdad. En la gran mayoría de los casos, esas referencias se sostienen en patrones de uso y consumo muy utilitarios, de meta corta. Es decir, lo que une a sus tribus son las adhesiones de nicho que comparten: música, cultura, cine, ropa, moda, entre otras. También existen los otros: los que capitalizan sobre emociones y frustraciones momentáneas, personajes que llenan un vacío de inseguridades con consignas de comportamiento comerciales o sociales. Están juntos, sí, pero por poco tiempo, porque no logran concretar un horizonte espacial que prometa algo más que un fin en oposición a algo o para consumir algo. La principal característica es que son figuras con cierto recorrido en el ciberespacio, agentes que portan medallas ganadas para su comunidad a base de contenido. Claro que hay otros que logran romper ese esquema, que intentan apropiarse de bases amplias y duraderas en el tiempo.
- ¿Qué diferencias encontrás entre los ídolos tradicionales, vinculados al deporte, la música o la televisión, y estos nuevos referentes nacidos o consolidados en el ecosistema digital?
- Han girado los esquemas de influencia; estamos en un modelo donde lo único que importa es la fama. El código de relevancia en la pantalla se traduce al número de seguidores y menciones que abarcan. Ese "ser visto" importa más que "ser bien visto", de cualquier modo y a cualquier precio. Sin embargo, lo más disruptivo de todo el fenómeno es la parodia del camino de esas idolatrías, porque no es un logro que conlleve trascendencia, significación histórica o epopeya. Es una idolatría que se configura a partir de otro recorrido: el digital y la generación de enunciados establecidos dentro de ese mapa. No ganaron un Mundial, ni revolucionaron el mundo con su música, ni libraron alguna batalla memorable; pero ahí están, con una tribu dispuesta a estamparse su cara en una remera, a identificarse con ellos, a querer ser ellos.
- El libro sostiene que las plataformas modificaron la manera en que las personas construyen pertenencia, identidad y sentido colectivo. ¿Cómo se manifiesta eso en la vida cotidiana de los usuarios?
- Con medios y formas de apropiación cultural y, sobre todo, con normas de comportamiento y consumo. Hay una crisis de narratividad aparente en toda esta trampa, una que invita al desencuentro, al odio a lo distinto. Es muy difícil que no afecte la vida pública porque configuran modos de lo que debés o no debés ser. Al mismo tiempo, nunca alcanza porque la oferta del universo artificial es infinita. Así que, a un ciudadano ya frustrado por una realidad que lo aqueja, sumemos una oferta de existencia tan abundante que termina por romperlo.

- Hablás de comunidades digitales que pueden funcionar como tribus aisladas alimentadas por algoritmos que priorizan la confrontación o la confirmación de creencias. ¿Qué riesgos sociales y comunicacionales ves en ese proceso?
- Es un sobregiro de las discusiones, una conversación de agotamiento de largo alcance en términos de consistencia. Funciona porque opera directamente sobre los dogmas de una población necesitada de encontrar espacios seguros. El problema es idiomático, porque la sobrecarga de información circulante es tan variada que los procesos de identificación nunca son suficientes. Eso, sumado a una práctica identitaria de atrincherarse, estructura una comunicación que no es tal. No hay forma de que los usuarios se comprendan o atiendan a una escucha legítima: están demasiado ocupados en reafirmar sus propias ideas del mundo.
- ¿El fenómeno de los nuevos ídolos digitales debe leerse únicamente desde el entretenimiento o también desde la política, la cultura y la economía de la atención?
- Debe leerse en términos estructurales, socialmente hablando. Existe un problema y es cómo manifestamos nuestra necesidad de narrarnos y conseguir instituciones capaces de blindarnos con seguridades ante el mundo. El problema es que, si lo que está en jaque son las historias mismas, esa modificación de narrarnos afecta nuestra propia humanidad. Lo que está en juego es el modo de pensarnos como sociedades democráticas, nuestra idea de cultura, de comunidad y de Estado. Ni hablar del mercado, ahí claramente es donde aparecen las alarmas, porque a la tecnocracia lo único que le importa es la veta utilitaria y comercial.
- ¿Creés que los usuarios eligen libremente a sus referentes digitales o esa elección está condicionada por las lógicas de recomendación de las plataformas?
- Es un eterno simulacro. Una realidad espejada de conversaciones que no va a ningún lugar. Es cierto, cada cual tendrá su mérito para capitalizarse en cualquiera sea su plataforma, tan cierto como que lo que consumimos está pautado desde antes de que queramos consumirlo. Un like, una mención, una búsqueda, todo queda atado a la trampa digital, porque el problema es el aislamiento, la domesticación y la brecha de lenguajes. Termina funcionando como una red informacional masiva que tiene puntos y micropuntos que decodifican las señales en otra sintonía, pero que son eficientes para acercar puntos dogmáticos y excelentes para reclutar emocionalmente a muchísima gente navegando. Es un camino de ida donde el consumidor cree que eligió pertenecer, y en verdad, su confirmación de sesgo doblega esa creencia, porque se siente muy cómodo escuchando a otros iguales a él; nos sentimos muy cómodos dialogando con nosotros mismos, por lo menos, por un rato.
- ¿Qué responsabilidad tienen los creadores de contenido, las plataformas y los medios frente a comunidades cada vez más segmentadas?
- La responsabilidad es total, porque no quieren asumir la responsabilidad que implica ejercitar la comunicación. Desean todos los beneficios de la forma más acelerada posible sin medir las consecuencias. Los medios, canales, personajes y plataformas han optado por mantenerse fieles a un modelo especulativo muy rentable. Apuestan a la nostalgia y a los caminos conocidos, pero lo hacen, ciertamente, cada vez peor. Tiene que ver con el estilo de narración y sus funciones, con el saber contar. La historia, cualquier historia, es noticia y evento, es relato; y un relato es tal cuando se comparte con otros. La peligrosidad de quedarse en esta comodidad de nicho presume un mundo de trincheras, y no de puentes. Un universo de agujeros y no de grandes ciudades. Una tribu, no una comunidad.

- En un escenario donde las audiencias ya no solo consumen contenidos, sino que participan, comentan, editan y viralizan, ¿cómo cambia el vínculo entre ídolo y comunidad?
- En la mayoría de los casos, la supuesta convergencia, el rol del prosumidor y lo transmedial no van de la mano con la realidad de los hechos. Entiendo que haya una mayor colaboración por parte de las audiencias, pero sus emociones y participaciones siguen contestando a un esquema premeditado. No es que no participen, es que lo hacen desde el lugar de seguidores sectarios, pretendiendo encerrar a un otro en escarmiento moral de su propia lógica. Esa es una lógica perversa.
Ahora bien, los casos ejemplificados en el libro nos convocan a la reflexión: en ellos existe un factor diferencial, que es el rito identitario de comunidad. Sus actos invitan al encuentro, a sacudir la realidad digital y atravesar la pantalla para tomar territorio. Poseen bienes, ideas y productos culturales de los cuales apropiarse. Es un hecho innegable que ese síntoma de humanidad pura y dura realza la idolatría de su referente, lo potencia a una capacidad de trascendencia no expuesta en otros casos. Aunque el riesgo de tener un pasado digital, como todos los hijos de esta época de cibercultura, pondrá siempre en duda si es solamente un síntoma o una realidad. Para saberlo, dicha comunidad debe enfrentar las adversidades con la posibilidad de persistir en el tiempo sin importar las dificultades, poniendo el foco en ese horizonte de promesa compartida.
- ¿Qué aprendiste sobre las formas de identificación que tienen los jóvenes a partir de tu investigación?
- El primer aprendizaje es un cachetazo de humildad. Entender que los jóvenes no son ningunos odiadores, ni racistas, ni homófobos, ni peores ni mejores de los que los antecedieron. Son seres humanos sumergidos en las fragilidades de siempre. Ellos solamente buscan saciar sus dudas existenciales en algún templo, como todos necesitamos hacerlo. El problema está en que los espacios que brindaban esa seguridad hoy se encuentran cuestionados y faltos de cercanía con la realidad cotidiana de la población. Entonces las juventudes apuestan a mamar cualquier otra historia para llenar esos vacíos, y en esa soledad aparecen las redes, los influencers, los líderes, ídolos y dioses.
El libro cruza comunicación, cultura digital, política y filosofía. ¿Cómo dialogan esos campos dentro de tu trabajo?
- Creo que el arma de todo cambio es la curiosidad, la indagación como elemento fundamental. El conocimiento tiene ese carácter acumulativo, constante y eterno. La filosofía, el pensamiento político, todos los autores que han dejado alguna página por allí, se preocupaban de los tiempos venideros. Resulta cómico que no se equivocaran, o que se quedaran cortos. En resumen: creo que cada rama toca una fibra sensitiva del entramado social. Se debe tener una apoyatura de cada campo para ponerle nombre a las cosas que suceden. No es una realidad tan desquiciante cuando se presta el ojo y la oreja a los que vinieron antes de uno. Al contrario, es una caja de herramientas fantástica para explicar el mundo.
- ¿Considerás que hoy el periodista necesita nuevas herramientas para comprender estos fenómenos digitales?
- Me preocupa que el periodismo se quede en la indignación, pero también niego esa postura de tibieza obsequiosa. Esa postura entreguista. Creo que debemos estimular el aprendizaje y la profesionalización de nuestras habilidades lo máximo posible. Así como creo que el runrún de una dictadura tecnológica quiere normar lo que no es normal. Críticos y reflexivos sí, pero con la cabeza fresca para seguir de cerca los acontecimientos que corren. Al mismo tiempo apuesto siempre por un periodismo que sepa contar y narrar, que valore el tiempo de informar cómo se debe sin importar las demandas de un mercado de turno.

- ¿Qué lugar ocupa la investigación periodística en un contexto marcado por la velocidad, la viralización y esa demanda constante de contenido?
- Fundamental. Es quizás la herramienta más valiosa que tenemos de cara al futuro. La investigación periodística permite adentrarnos en cualquier problemática, conocer a sus protagonistas y sus inquietudes. Recorrer el campo de lo abordado es llegar a conocer al portero que sostiene la puerta que esconde muchas de las respuestas a nuestras inquietudes. Hay espacio para investigar, decenas de profesionales han demostrado que las investigaciones de calidad son rentables y demandadas por el público; solamente se debe resistir con coraje la embestida de la urgencia comercial.
- ¿Cómo imaginás tu desarrollo profesional en el futuro?
- Siempre tuve claro que pretendía destacar en lo que fuera que me tocara hacer. Al final sigo siendo un escriba con razones. Hoy estoy más cerca de la literatura, sumergido enteramente en la redacción periodística de ensayos literarios y escribiendo mi propia novela. Encuentro en ello una espada certera. Por otro lado, estoy trabajando como editor, periodista, escritor y comunicador en Olivo Ediciones: una editorial rosarina creada con el objetivo de hacer lugar a relatos locales frente al monopolio cultural de Capital.



