• Publicado en: 2026

Mirar más allá del consultorio: estudiantes de la UAI exploran los aprendizajes invisibles en los espacios de cuidado

En el marco del proyecto “Espacios intermedios y cuidado de la infancia en contextos de salud. Hacia un consultorio expandido: la arquitectura como lenguaje”, estudiantes de Arquitectura, Psicología y Psicopedagogía de la Universidad Abierta Interamericana trabajan junto a Mita’i – Centro Integral de Desarrollo Infantil para observar de qué manera los espacios de atención y cuidado también pueden generar experiencias de aprendizaje, autonomía, exploración y encuentro.

La propuesta parte de una pregunta que atraviesa todo el proyecto: ¿qué sucede en aquellos lugares que, en principio, no fueron pensados para enseñar? Salas de espera, pasillos, recorridos hacia los consultorios, objetos, momentos de espera y encuentros cotidianos forman parte de la experiencia de los niños y pueden adquirir un papel significativo en su relación con la institución.

Para las estudiantes de Psicopedagogía, Deppen Valentina, Lobo Valentina, Mariana Paladini y Sofía Funes, que participan de la experiencia, detenerse en esos espacios permitió ampliar la mirada sobre qué significa aprender y sobre cómo el entorno puede acompañar el desarrollo de los niños.

Las estudiantes identificaron situaciones de aprendizaje especialmente en las salas de espera, los pasillos, los recorridos hacia los consultorios y los momentos de interacción con los objetos presentes en esos espacios: “Pudimos identificar situaciones de aprendizaje principalmente en las salas de espera, los pasillos, los recorridos hacia los consultorios y en los momentos de interacción con los objetos presentes en estos espacios”, explicaron.

Según las estudiantes, aunque estos lugares no fueron pensados originalmente con una finalidad educativa, pueden convertirse en oportunidades para que los niños exploren, observen, interactúen con otras personas y desarrollen su autonomía. “Esto nos permitió comprender que el aprendizaje también puede surgir de experiencias que se desarrollan fuera de los espacios educativos tradicionales y que el entorno puede favorecer diferentes aprendizajes a partir de pequeñas modificaciones o propuestas”, señalaron Deppen, Lobo y Funes.

La experiencia permitió así desplazar la mirada desde el consultorio como único lugar relevante de la intervención hacia todo aquello que ocurre alrededor: cómo se llega, cómo se espera, cómo se circula, qué objetos aparecen y qué posibilidades ofrece cada espacio.

Para Paladini, uno de los conceptos centrales del proyecto es el de “aprendizajes invisibles”: aquellos procesos que ocurren sin que necesariamente exista un momento preciso en el que comienzan ni una persona que los enseñe de manera explícita: “Los aprendizajes invisibles son aquellos que ocurren sin que necesariamente podamos señalar un momento exacto en el que comenzaron ni una persona que los haya enseñado”, explicó.

A partir de su experiencia en Mita’i, Paladini puso como ejemplo el proceso mediante el cual un niño comienza a reconocer los lugares, las personas y las rutinas de una institución: “Quizás nadie se sienta con él a explicarle cómo funciona la institución, pero de a poco puede ir construyendo una representación de ese lugar y de lo que sucede allí”, señaló.

Desde la perspectiva psicopedagógica, ese proceso también implica apropiarse de una experiencia, encontrar cierta seguridad y anticipar lo que puede suceder. “Son procesos que pueden pasar desapercibidos justamente porque no tienen la forma de un aprendizaje escolar tradicional”, agregó.

Uno de los aspectos que el proyecto permitió revisar es el significado de los tiempos de espera. Para Paladini, esperar no significa simplemente permanecer en un lugar hasta que llegue el momento de la consulta: “Creo que pueden aprender a desenvolverse en situaciones que forman parte de la vida cotidiana: esperar, observar, relacionarse, reconocer un espacio, interpretar lo que sucede y encontrar maneras de sentirse seguros en un lugar que quizás al principio les resulta desconocido”, sostuvo. Y agregó: “La espera no es simplemente un momento en el que ‘no pasa nada’ hasta que llega la consulta. Es parte de la experiencia que el niño tiene dentro de la institución”.

Esta observación también modificó su propia manera de mirar estos espacios. “Antes probablemente hubiera pensado en Mitaí principalmente desde lo que ocurre en los consultorios y en las intervenciones que realizan los profesionales”, contó.

Sin embargo, al recorrer la institución comenzó a prestar atención a aspectos más pequeños: cómo se llega, dónde se espera, cómo se circula, qué espacios se encuentran y cómo puede sentirse una persona allí: “Me hizo comprender que la experiencia de un niño en una institución no empieza cuando entra al consultorio. Empieza desde que llega”, afirmó Paladini.

Otro de los ejes identificados por las estudiantes es la relación entre las características del espacio y la posibilidad de que los niños puedan desenvolverse con mayor autonomía: “El espacio en sí mismo puede facilitar que el niño realice las cosas por su cuenta”, explicaron Deppen y Lobo. Para las estudiantes, no es necesario que exista una actividad educativa explícita si los materiales y el espacio están preparados para permitir determinadas acciones.

“La forma en que está organizado el espacio puede permitirle desarrollar ciertas habilidades a través de la experiencia y ganar autonomía, sin que exista una actividad educativa planificada”, señalaron.

Como ejemplo, mencionaron situaciones cotidianas de una casa: poder tomar un vaso, guardar los juguetes o elegir la ropa. En esos casos, la disposición de los objetos permite que el niño realice acciones sin depender constantemente de un adulto. A partir de esta mirada, las estudiantes plantearon la posibilidad de adaptar determinados espacios, como las salas de espera, para favorecer situaciones similares.

El juego y la exploración también ocuparon un lugar importante durante las observaciones. “En Mita’i, el juego y la exploración se encuentran estrechamente vinculados con los procesos de aprendizaje”, explicaron Deppen y Lobo.

A través del juego, señalaron, los niños pueden explorar activamente el entorno, probar acciones, descubrir posibilidades y relacionarse tanto con los objetos como con otras personas: “Estas experiencias permiten que el aprendizaje se construya de manera significativa, a partir de la curiosidad, la experimentación y la participación”, sostuvieron.

En ese proceso, el espacio y los materiales adquieren un papel relevante porque pueden generar oportunidades para explorar, jugar y aprender respetando los intereses y ritmos de cada niño.

Para Funes, el aporte de la Psicopedagogía permite incorporar preguntas específicas sobre la experiencia del niño dentro de los espacios: “Desde mi mirada como estudiante de Psicopedagogía, considero que podemos aportar preguntas relacionadas con el aprendizaje, la autonomía y las diferentes maneras en que los niños comprenden y utilizan un espacio”, explicó.

A partir de esa observación, Funes comenzó a preguntarse qué información brindan determinados recursos visuales y de qué manera pueden acompañar a los niños durante sus recorridos: “Retomamos, por ejemplo, la idea de incorporar pictogramas en las puertas de los consultorios, pensando que podrían ayudar a los niños a identificar los espacios y anticipar lo que va a suceder”, contó.

También señaló que, al pensar en un posible uso del patio, surgió la necesidad de considerar modificaciones en su acceso. Para Funes, estas situaciones muestran cómo las distintas disciplinas pueden poner en diálogo sus observaciones: “Este es uno de los aportes del trabajo interdisciplinario: poder pensar las características del lugar junto con las experiencias y necesidades de quienes lo transitan”, sostuvo.

El trabajo interdisciplinario aparece como otro de los aprendizajes centrales de la experiencia. Paladini destacó que trabajar junto a estudiantes de Arquitectura y Psicología le permitió reconocer aspectos que podían quedar fuera de una mirada exclusivamente psicopedagógica: “Mirar desde una sola disciplina puede hacer que algunos aspectos de una situación queden fuera de nuestra mirada”, explicó.

Para la estudiante, la interdisciplinariedad no consiste simplemente en reunir distintas carreras, sino en construir una perspectiva más amplia a partir de los aportes de cada una: “No se trata simplemente de juntar personas de diferentes carreras, sino de poder construir una mirada más amplia a partir de lo que cada uno observa y aporta”, señaló.

En el caso de Funes, la experiencia también significó aprender a escuchar y revisar la propia manera de observar: “Considero que cada carrera puede aportar diferentes preguntas sobre una misma situación y que, al ponerlas en común, podemos construir una mirada más amplia”, afirmó.

Además, destacó que participar de este tipo de experiencias durante la formación universitaria permite aprender a construir propuestas de manera conjunta: “Comenzar a participar de estas experiencias mientras todavía estamos estudiando nos permite aprender a escuchar otras miradas, revisar nuestra propia manera de observar y construir propuestas en conjunto”. Para la estudiante, esto representa un aprendizaje importante para su futuro profesional.

Deppen y Lobo también remarcaron que la interdisciplinariedad fue fundamental para el proyecto, ya que cada carrera aporta una perspectiva diferente. En particular, señalaron que el trabajo con Arquitectura les permitió incorporar preguntas sobre materiales, objetos, dimensiones y distribución de los espacios.

Después de la experiencia, Paladini plantea que un espacio destinado a niños debería pensarse no solamente desde su función, sino también desde la manera en que será vivido: “Después de esta experiencia, creo que un espacio destinado a niños debería pensarse teniendo en cuenta cómo va a ser vivido por ellos, y no solamente cuál es su función”, afirmó.

Desde esta perspectiva, una sala de espera, un recorrido o el tiempo entre una instancia y otra también forman parte de la experiencia institucional: “La sala de espera, los recorridos, los tiempos entre una instancia y otra y la manera en que las personas se encuentran dentro del lugar también construyen una experiencia”, sostuvo.

Por eso, desde la Psicopedagogía, propone incorporar preguntas que permitan observar aquello que muchas veces queda en segundo plano: “¿Qué necesita un niño para poder habitar este espacio y sentirse parte de él? ¿Qué puede comprender? ¿Qué puede hacer por sí mismo? ¿Qué le genera seguridad? ¿Qué experiencias le estamos ofreciendo sin darnos cuenta?”.

El proyecto propone, de este modo, ampliar la mirada sobre los espacios de cuidado. Lo que sucede antes de una consulta, durante una espera o mientras un niño recorre un pasillo también puede formar parte de su experiencia, generar oportunidades de autonomía y exploración y construir aprendizajes que no siempre son visibles.

Para las estudiantes, aprender a observar esos momentos implica también aprender a trabajar con otras disciplinas y a preguntarse no solamente qué función cumple un espacio, sino qué experiencias habilita para quienes lo habitan.