Parkinson: entre la ciencia, la realidad y el rol clave de la familia
Nota de opinión de Roberto Rosler, profesor de Neurociencias y Salud Mental la carrera de Medicina de la UAI.
Cada Día Mundial del Parkinson es una oportunidad para volver a poner en agenda una enfermedad que, lejos de ser poco frecuente, crece de manera sostenida en todo el mundo y afecta profundamente la calidad de vida de quienes la padecen.
En palabras simples, el Parkinson es una enfermedad que afecta a las células de una región del sistema nervioso llamada sustancia negra, vinculada a la programación del movimiento. Sus síntomas más conocidos son el temblor de reposo, la rigidez y la hipoquinesia —es decir, la dificultad para iniciar movimientos—. Pero la enfermedad no se limita a lo motor: también incluye manifestaciones menos visibles, que muchas veces pasan desapercibidas.
Visibilizar el Parkinson hoy no es una opción, sino una necesidad. Es un trastorno frecuente, impacta fuertemente en la calidad de vida y, además, el número de casos está aumentando en el mundo: pasó de más de 3.100.000 en 1990 a más de 11.700.000 en 2021.
Uno de los grandes desafíos es la detección temprana. Existen señales previas como trastornos del sueño, depresión o una disminución en el volumen de la voz. Sin embargo, estos síntomas son inespecíficos, lo que dificulta el diagnóstico en etapas iniciales.
En cuanto a los llamados “avances”, prefiero ser prudente. Muchas veces se comunican como certezas cuando en realidad son apenas proyectos. Podríamos decir —con cierta ironía— que estos anuncios se parecen a cuando se promete que no habrá más guerras o que los políticos serán honestos.
Aun así, existen algunas líneas en investigación que podrían tener impacto en el futuro: la identificación de moléculas en sangre para un diagnóstico más precoz, el desarrollo de bombas subcutáneas que permitan una administración continua de medicación o nuevos fármacos que ofrecerían un alivio más duradero de los síntomas. Pero es importante entender que, hoy por hoy, son probabilidades y no soluciones concretas.
El tratamiento actual combina medicación con otras estrategias. No hay que olvidar que los fármacos tratan los síntomas, no la causa del Parkinson. En este sentido, el ejercicio físico es una herramienta fundamental: mantiene la movilidad, previene contracturas y trastornos articulares, y además impacta directamente en el bienestar mental. El movimiento es, en muchos casos, el pilar del equilibrio emocional.
Respecto a la alimentación, no hay evidencia concluyente de que tenga un efecto específico sobre la enfermedad, aunque sí se recomienda, como en cualquier persona, mantener una dieta equilibrada.
Vivir con Parkinson implica enfrentar múltiples desafíos cotidianos. Las dificultades motoras afectan tareas básicas como vestirse, bañarse, comer o escribir, y aumentan el riesgo de caídas. A esto se suma la depresión —ese “perro negro”, como la llamaba Winston Churchill—, la falta de sueño, el cansancio y el impacto en la autoestima. También hay consecuencias sociales y económicas, ya que la enfermedad puede interferir con la capacidad de trabajar y aumentar los costos del tratamiento.
Frente a este escenario, surge una pregunta inevitable: ¿y ahora quién podrá salvarnos? La respuesta es más simple de lo que parece. El mejor tratamiento es la familia.
El entorno cercano cumple un rol clave: brinda apoyo emocional, cuida la seguridad del paciente, favorece su independencia, acompaña en las tareas diarias, ayuda a sostener los tratamientos y reduce el aislamiento. Por eso, desde el primer momento, es fundamental que el médico no solo trate al paciente, sino que también eduque a la familia para que pueda involucrarse de manera activa.
Hablar de Parkinson implica, entonces, entender que no se trata solo de una enfermedad neurológica, sino de una condición que atraviesa la vida en múltiples dimensiones. Y en ese recorrido, más allá de los avances futuros, el acompañamiento cercano sigue siendo hoy la herramienta más efectiva para mejorar la calidad de vida.


