2 de abril: Día Mundial de Concientización sobre el Autismo.
Nota de opinión de Adriana García. Lic. En Terapia Ocupacional, docente de UAI. Profesora de educación especial, sordos e hipoacúsicos.
Hablar hoy sobre autismo desde una perspectiva actualizada implica corrernos de modelos antiguos, centrados únicamente en el déficit, para posicionarnos desde un enfoque de derechos y una mirada neuroafirmativa. Esto significa comprender que el Trastorno del Espectro Autista (TEA) no es una enfermedad a curar, sino una condición del neurodesarrollo que forma parte de la diversidad humana. Se habla de “espectro” justamente porque no hay una única forma de ser autista: cada persona presenta características, apoyos y necesidades diferentes, lo que requiere respuestas flexibles y personalizadas.
Sin embargo, aún persisten muchos mitos: que todas las personas autistas tienen discapacidad intelectual, que no desean vincularse, o que el autismo tiene una “apariencia” determinada, que “viven en su mundo”. Estos prejuicios llevan a errores frecuentes en la sociedad, como intentar normalizar conductas, forzar adaptaciones o no escuchar las necesidades reales de las personas. Acompañar no es corregir ni moldear, sino habilitar contextos donde cada persona pueda desarrollarse de manera auténtica.
Es clave prestar atención a señales tempranas como dificultades en la comunicación social, patrones de juego repetitivo, hipersensibilidades sensoriales o diferencias en la interacción. La detección precoz no busca etiquetar, sino abrir oportunidades: cuanto antes se comprendan las necesidades, antes se pueden generar apoyos adecuados que impacten positivamente en el desarrollo y la calidad de vida.
Uno de los grandes desafíos actuales está en la inclusión educativa, especialmente en el nivel superior. El acceso a la universidad sigue presentando barreras, muchas veces invisibles, vinculadas a formatos rígidos de enseñanza, evaluación y comunicación. Por eso, desde nuestra universidad, valoramos profundamente el trabajo de proyectos y comisiones que acompañan a estudiantes, así como la iniciativa de crear dispositivos para ofrecer ajustes razonables y accesibilidad real a quienes lo necesiten.
Un cambio de paradigma que deje de pensar en “adaptar a la persona” para empezar a transformar los entornos.
De cara al futuro, los desafíos serán seguir ampliando derechos, mejorar los sistemas de apoyo en la adultez, fortalecer la inclusión laboral y continuar escuchando a las propias personas autistas como protagonistas de sus trayectorias.
La inclusión no es un acto de buena voluntad, sino una responsabilidad colectiva. No se trata de integrar a quienes son diferentes, sino de reconocer que la diversidad es la norma, y que construir espacios accesibles y respetuosos nos enriquece a todos como sociedad.

