• Publicado en: 2026

Diez años de encuentros, voces y derechos: la UAI realizó las X Jornadas por la Desmanicomialización

La Sede Regional Rosario de la Universidad Abierta Interamericana (UAI) fue escenario de las X Jornadas por la Desmanicomialización, una edición especialmente significativa que celebró diez años de encuentros, preguntas, debates, experiencias artísticas y construcción colectiva alrededor de la salud mental. Bajo el interrogante “¿Hay alguien A.I.?”, la propuesta invitó a pensar críticamente las relaciones entre inteligencia artificial, tecnologías, vínculos humanos, comunidad y derechos.

Organizada por estudiantes de la Licenciatura en Musicoterapia, la actividad reunió a integrantes de las sedes Rosario y Buenos Aires de la UAI, estudiantes de la Licenciatura en Psicología, egresados, docentes, profesionales, usuarios y trabajadores de servicios de salud mental de ámbitos municipales y provinciales, y miembros de la comunidad. También estuvieron presentes la directora de la Licenciatura en Musicoterapia de la Sede Regional Rosario, especialista María José Bennardis; la directora de la carrera en Buenos Aires, licenciada Cecilia Turdera, y el decano de la Facultad de Psicología y Relaciones Humanas, licenciado Fernando Adrover.

La actividad estuvo enmarcada académicamente en las asignaturas Planificación y Gestión Comunitaria en Musicoterapia, Musicoterapia en Adultos, y Ética y Derechos Humanos. Sin embargo, su alcance trascendió ampliamente el espacio curricular. La propuesta se constituyó como una experiencia abierta de encuentro, reflexión, participación y producción colectiva, en la que los saberes académicos dialogaron con las vivencias, las prácticas profesionales, las expresiones artísticas y las voces de la comunidad.

Desde hace diez años, la Licenciatura en Musicoterapia de la Sede Rosario de la UAI sostiene las Jornadas por la Desmanicomialización como un espacio destinado a compartir experiencias, formular preguntas y problematizar las formas en que una sociedad piensa, organiza y aborda la salud mental. Debatir qué implica desmanicomializar y de qué manera ese concepto puede trasladarse a las prácticas cotidianas, a las instituciones, a los vínculos y a los territorios.

Luego de una década las preguntas que dieron origen a este espacio continúan abiertas y conservan plena vigencia: ¿qué se entiende actualmente por salud mental?, ¿qué lugar ocupan los vínculos en el bienestar de las personas?, ¿cómo influyen los espacios que se habitan?, ¿qué formas de comunidad se están construyendo?, ¿qué sucede con los principios establecidos por la legislación en materia de salud mental?, ¿qué prácticas siguen reproduciendo lógicas de exclusión, aislamiento y control?, ¿cuáles pueden transformarse?

En un contexto atravesado por el individualismo, la aceleración de la vida cotidiana y la creciente automatización de numerosas actividades, la iniciativa recuperó la necesidad de detenerse, escucharse, mirarse, crear y compartir con otras personas. El encuentro adquirió así una dimensión política y comunitaria: reunirse, circular la palabra y reconocer al otro se convirtieron en gestos capaces de interrumpir las dinámicas de aislamiento.

 

“¿Hay alguien A.I.?”: una pregunta sobre la tecnología y los vínculos

En esta oportunidad, la carrera de Musicoterapia decidió colocar las preguntas históricas de la jornada en diálogo con un fenómeno que atraviesa cada vez más profundamente la vida cotidiana: el desarrollo de las tecnologías digitales y, particularmente, de la inteligencia artificial. De esa decisión surgió la consigna “¿Hay alguien A.I.?”, un juego de palabras que habilitó múltiples lecturas.

La pregunta no buscó limitar la conversación a las posibilidades técnicas de la inteligencia artificial ni presentar una oposición simplificada entre tecnología y humanidad. Su propósito fue abrir una reflexión más amplia sobre quién está del otro lado, cómo se construyen los vínculos, qué lugar ocupa la presencia, de qué manera se escucha y se reconoce a los demás, y qué formas de comunidad se están configurando en la actualidad.

Las jornadas propusieron pensar sus efectos en la vida diaria y observar qué ocurre cuando las interacciones mediadas por pantallas comienzan a ocupar el lugar del encuentro, la mirada, la escucha y la presencia compartida. También invitaron a preguntarse qué usos de la tecnología pueden favorecer la comunicación y el acceso a derechos, y cuáles pueden profundizar el aislamiento, la fragmentación o la indiferencia. En el campo de la salud mental, estas preguntas adquieren una relevancia particular porque ponen en discusión el lugar de la singularidad, el cuidado y el acompañamiento.

La actividad comenzó con un espacio interactivo denominado “Aquí sí hay alguien”, destinado a recibir a los asistentes y favorecer desde el primer momento una participación activa, alejándose de la lógica de un público limitado a observar o escuchar. El espacio de bienvenida permitió que la jornada comenzara no solamente con palabras, sino también con intercambios, sonidos, movimientos y gestos.

La apertura musical estuvo a cargo del estudiante de Musicoterapia Agustín Carpio, autor de una canción compuesta especialmente para la ocasión. La obra funcionó como una puerta de entrada sensible a los temas abordados durante el encuentro y puso en primer plano una de las características distintivas de la carrera: la capacidad de la música para reunir, alojar experiencias, expresar preguntas y construir sentidos colectivos.

Posteriormente se desarrollaron talleres vivenciales que tuvieron un eje común: “La potencia del gesto”. Las propuestas tomaron como punto de partida la capacidad del gesto para habilitar encuentros, producir sentidos y generar transformaciones. Uno de los espacios, denominado “La levedad del gesto”, fue coordinado por la musicoterapeuta Yanina Kulmisich, mientras que el otro taller, titulado “Psicodrama y salud mental: algunos recursos lúdicos y creativos”, estuvo a cargo de los psicólogos y psicodramatistas Silvia Ghione y Guillermo Martínez.

Ambos talleres propusieron trabajar desde la experiencia, poniendo en juego el cuerpo, la creatividad, la sensibilidad y las posibilidades expresivas de los participantes. En lugar de abordar la salud mental únicamente mediante conceptos teóricos, las actividades permitieron explorarla a través de los gestos, los movimientos, el juego, la improvisación y las producciones compartidas.

Escuchar, mirar, acercarse, acompañar, ofrecer una palabra, respetar un silencio o habilitar la expresión del otro pueden constituirse en intervenciones relevantes dentro de un vínculo. En el campo de la salud mental, donde muchas veces las personas han sido reducidas a diagnósticos o categorías, recuperar el valor del gesto significa reconocer la singularidad y la presencia de cada sujeto.

El psicodrama y los recursos lúdicos permitieron, a su vez, trabajar escenas, vínculos y situaciones desde lenguajes que no dependieron exclusivamente de la palabra. El juego se presentó como una posibilidad de exploración y creación, capaz de cuestionar posiciones rígidas, ensayar otras respuestas y producir nuevas maneras de encontrarse.

Luego de los talleres, todos los participantes volvieron a reunirse en un intercambio colectivo mediante la dinámica del cadáver exquisito, que permitió recoger sensaciones, palabras, imágenes, preguntas y experiencias surgidas en cada espacio. Este momento resultó especialmente significativo porque evitó que las experiencias quedaran aisladas dentro de cada grupo, habilitando la circulación de aquello que había sido producido en simultáneo y permitió construir una memoria compartida de los talleres.

 

Entre algoritmos y vínculos

Las Jornadas también contaron con el conversatorio “Entre algoritmos y vínculos: la Salud Mental de hoy”. Participaron la licenciada en Musicoterapia Coralí Maldonado, la licenciada en Psicología Paola Cocconi, la licenciada en Trabajo Social Cintia Zini y el docente de Historia y referente de educación popular Juan Dalby. La diversidad de formaciones y experiencias permitió abordar el tema desde una perspectiva interdisciplinaria, donde la salud mental apareció vinculada con dimensiones subjetivas, sociales, culturales, educativas, comunitarias y políticas.

El diálogo mostró que su abordaje no puede quedar restringido a una única disciplina ni reducirse exclusivamente a intervenciones individuales. Bajo el eje propuesto, el conversatorio puso en tensión dos dimensiones características del presente: por un lado, los algoritmos, la automatización y las tecnologías que organizan una parte creciente de las actividades cotidianas; por otro, los vínculos, la presencia, el cuidado y la construcción comunitaria.

La discusión no buscó establecer una confrontación lineal entre ambas esferas. El objetivo fue analizar de qué manera conviven, qué efectos producen y qué decisiones pueden tomarse para que las tecnologías estén al servicio de las personas y no sustituyan la responsabilidad de encontrarse con otros.

En tiempos en los que los dispositivos prometen respuestas inmediatas y las plataformas ordenan contenidos, preferencias e interacciones, la jornada recuperó el valor de aquello que no puede automatizarse por completo: la escucha situada, la sensibilidad frente al sufrimiento, el reconocimiento de las diferencias, el acompañamiento y la posibilidad de construir una respuesta junto con otra persona.

El conversatorio también permitió reflexionar sobre los riesgos de reproducir, mediante nuevas herramientas, antiguos mecanismos de clasificación, normalización o exclusión. Si los manicomios no se definen solamente por sus edificios, sino también por las lógicas que aíslan, silencian o despojan a las personas de su capacidad de decisión, entonces las prácticas digitales también deben ser observadas críticamente.

Asimismo, se puso en discusión la necesidad de sostener redes comunitarias y políticas públicas que garanticen derechos. La tecnología puede ampliar posibilidades, facilitar comunicaciones y generar herramientas valiosas, pero no reemplaza la responsabilidad del Estado, de las instituciones y de la sociedad en la construcción de respuestas integrales en salud mental.

A lo largo de las jornadas, la desmanicomialización fue abordada como un proceso complejo que excede el cierre de instituciones monovalentes. También implica revisar prácticas, lenguajes y vínculos que producen exclusión o reducen a una persona a un diagnóstico. Desde esta perspectiva, desmanicomializar supone generar condiciones para que las personas puedan vivir en comunidad, participar en las decisiones que afectan sus vidas, mantener sus vínculos, desarrollar proyectos y ser reconocidas como sujetos de derechos.

También significa cuestionar aquellas intervenciones que priorizan el control por encima del cuidado, el aislamiento por encima del acompañamiento y el juicio por encima de la escucha. Por eso, según los organizadores, la lucha por la desmanicomialización se actualiza cada vez que se defiende un derecho, se discute una práctica excluyente o se habilita la participación de quien históricamente fue silenciado.

El cierre de las décimas jornadas recuperó aquello que identifica y convoca especialmente a la Licenciatura en Musicoterapia: la música. Bajo la denominación: “Sigamos sonando”, se desarrolló una presentación musical protagonizada por estudiantes y exalumnos de la Sede Regional Rosario, junto con estudiantes de cuarto año de la Licenciatura en Musicoterapia de la UAI Buenos Aires.

La propuesta integró a las dos sedes de la Universidad y transformó el cierre en una celebración colectiva. La música funcionó como lenguaje, vínculo y forma de participación, permitiendo que las voces circularan, que los cuerpos se encontraran y que las ideas trabajadas durante el encuentro fueran retomadas desde otra sensibilidad.

Hablar de desmanicomialización es hablar de vínculos sanos, cuidadosos, respetuosos y sensibles. Es hablar de libertad, dignidad y reconocimiento. Es defender la posibilidad de que cada persona sea escuchada y valorada en su singularidad, sin quedar reducida a una etiqueta ni apartada de la vida comunitaria.

Para los organizadores la lucha continúa porque los derechos se defienden todos los días, porque todavía existen prácticas que deben ser revisadas y porque sigue habiendo situaciones que necesitan ser visibilizadas. Mientras exista algo que cuestionar, una voz que busque ser escuchada y una comunidad dispuesta a encontrarse, habrá una razón para sostener estos espacios.