Más allá de una cancha: Del rugby profesional al desarrollo de software

Juan Pablo Estelles repasa su presente con la serenidad de quien ya atravesó escenarios de mucha exposición y exigencia, pero también con la curiosidad de quien está construyendo una segunda identidad profesional. Durante años, su vida giró entorno al rugby de alto rendimiento: entrenamientos, viajes, concentraciones, competencia internacional y la responsabilidad de vestir camisetas de enorme peso simbólico.

Fue jugador de Los Pumas 7’s, representó a la Argentina en los Juegos Olímpicos de Río 2016 y luego continuó su carrera en Europa, en Northampton Saints, club inglés al que llegó después de aquella experiencia olímpica. Sin embargo, hoy su presente se escribe en otro terreno: el de la Ingeniería en Sistemas Informáticos en la Sede Rosario de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), el desarrollo de software, la investigación académica y el deseo de unir, de algún modo, dos mundos que en su vida nunca parecen haber estado tan separados como podría suponerse.

El paso del rugby profesional a la universidad no fue simplemente un cambio de agenda. Para Estelles, significó enfrentarse a una pregunta más profunda: qué hacer cuando se apaga una etapa que durante años ordenó la vida entera. “Cuando dejé de jugar al rugby había un vacío enorme que es muy difícil de afrontar”, reconoce. Ese vacío, lejos de paralizarlo, terminó convirtiéndose en el punto de partida de una búsqueda. Empezó a preguntarse hacia dónde ir, qué construir y de qué manera podía transformarse en profesional en otra área. “Fue ahí donde empecé a buscar mi rumbo. Quería educarme y poder ser profesional en otra área”, cuenta.

La tecnología apareció entonces como una posibilidad concreta, aunque no del todo nueva. Siempre le había interesado la informática, incluso desde una aproximación inicial más intuitiva o superficial. Lo que cambió fue la decisión de convertir ese interés en formación, método y profesión. “Siempre me gustó la informática, aunque de forma superficial, y tenía un interés genuino en aprender. Hablando con algunos amigos que son ingenieros en sistemas terminé de convencerme y decidí anotarme en la carrera para formarme de manera completa y seria en el área. Obviamente, sin estar cien por ciento seguro de si me iba a gustar, pero al menos lo iba a intentar”, confiesa. En esa frase aparece una de las claves de su recorrido: intentar, aun cuando no haya garantías. La lógica del deportista de alto rendimiento, acostumbrado a entrenar sin saber si el resultado llegará, parece trasladarse naturalmente al estudiante que ingresa a una carrera exigente.

Ingeniería en Sistemas Informáticos propone una formación donde establece sus áreas de competencia en hardware, software, análisis de sistemas e ingeniería del software, telecomunicaciones, contexto y organización. Esa estructura, orientada a formar profesionales con enfoque sistémico, capacidad de análisis y trabajo en equipo, conectó con algo que Estelles ya traía incorporado desde el deporte, aunque ahora debía aplicarlo a lenguajes, procesos y problemas completamente distintos.

Su interés por la tecnología, de todos modos, no nació en la adultez ni apareció únicamente como salida laboral después del rugby. Viene de mucho antes, de una escena doméstica que conserva con claridad. “Recuerdo desde chico, de 13 o 14 años, tener la primera computadora en casa, allá por el año 2002. Te hablo de una época en la que no era común que mucha gente tuviera una computadora en el hogar”, relata. Esa computadora fue, para él, una puerta de entrada. Pasaba horas explorando herramientas, probando, aprendiendo y resolviendo inconvenientes. En esos primeros usos, todavía sin una idea profesional detrás, ya estaba el germen de una vocación. “Desde ahí el interés siempre lo tuve, ya sea para aprender a hacer cosas nuevas o solucionar diferentes problemas que surgían en la computadora de casa”, señala.

La elección de la UAI tuvo, en su caso, un componente afectivo y de confianza. “La elegí por referencias de un amigo que se había graduado en esta Universidad. Su consejo fue una de las razones por las cuales decidí arrancar a estudiar”, explica. Esa recomendación actuó como puente entre la incertidumbre inicial y el comienzo efectivo de la carrera. Para Estelles, ese marco se transformó en un espacio donde ordenar conocimientos, adquirir fundamentos y, sobre todo, construir disciplina intelectual.

El cambio de rutina fue drástico. Durante años, su cuerpo había estado en el centro de la escena. Entrenar, competir, recuperarse, volver a entrenar. La jornada de un jugador profesional se organiza alrededor del rendimiento físico, la alimentación, la estrategia, la preparación mental y la competencia. La vida académica vinculada al desarrollo de software, en cambio, lo enfrentó a otro ritmo. “Fue un cambio totalmente radical, ¿no? Desde lo físico a lo mental”, dice.

En el rugby, explica, uno está en actividad física constante y debe tomar decisiones en microsegundos. En el desarrollo de software, en cambio, predomina una dinámica más sedentaria, donde las decisiones suelen requerir más tiempo, análisis y reflexión. La diferencia no implica menor exigencia, sino otra modalidad. “Es cuestión de costumbre, como todo. Es un lindo contraste, donde uno aprende a adaptarse y tratar de rendir lo mejor posible en el ambiente que le toca”, sentencia dejando en claro una capacidad de adaptación atraviesa toda su historia.

En 2016, después de los Juegos Olímpicos, Estelles llegó a Northampton Saints, un club de la Premiership inglesa. Cuando recuerda su paso por Inglaterra, Estelles no se detiene únicamente en partidos, entrenamientos o estadísticas. El aprendizaje principal fue haber conocido de cerca cómo funciona una estructura profesional de altísimo nivel. “Eso fue aprender cómo funciona el profesionalismo en su máxima expresión”, resume.

La experiencia le dejó amigos, conocimientos de rugby y una comprensión más amplia de lo que significa ser profesional, “independientemente del rubro”, lo cual lo conecta directamente con su presente. Lo que aprendió en un club de élite no quedó encerrado en una cancha. La exigencia, la preparación, el respeto por los procesos, la convivencia con la competencia y la búsqueda de mejora continua son herramientas que hoy puede trasladar al desarrollo de software, a la consultoría y a la vida universitaria.

 

Una historia olímpica y los nuevos desafíos

En paralelo, su experiencia olímpica ocupa un lugar especial en la memoria. En Río 2016, el rugby seven volvió al programa olímpico y Argentina participó con un equipo que terminó en el sexto lugar.  Para Estelles, sin embargo, la dimensión estadística no alcanza para explicar lo vivido. “Muchísimos recuerdos”, dice cuando se le pregunta por aquellos Juegos. Pero enseguida elige uno, o más bien un elemento distintivo: “Por sobre todas las cosas, el grupo humano fue algo muy lindo”. También rescata la cercanía geográfica de Brasil, que permitió que familiares y amigos pudieran acompañarlo desde la tribuna. “Haber tenido a mi familia y amigos apoyando al costado de la cancha fue algo inolvidable”, sentencia.

Vestir la camiseta argentina fue, para él, una de las experiencias más fuertes de su carrera. “Pocas sensaciones tan lindas como poder representar a tu país, y por suerte lo pude hacer en muchas ocasiones”, afirma. Desde chico imaginaba ese momento y soñaba con vestir la celeste y blanca. Haberlo logrado, dice, “te marca de por vida”. Representar al país significa, en sus palabras, la validación de que el sacrificio tiene recompensa. También significa una ausencia: es algo que extraña.

Hoy, lejos de los estadios europeos y de la dinámica de las giras internacionales, Estelles trabaja como desarrollador y comienza a dar sus primeros pasos en consultoría. “Hoy trabajo como desarrollador de software y estoy arrancando de a poco con la consultoría, por ahora con gente cercana y en la medida en que el tiempo me lo permite”, cuenta. En ese recorrido aparece también el deseo de vincular tecnología y deporte, una combinación que parece natural en alguien que conoce desde adentro el alto rendimiento y que ahora adquiere herramientas para modelar, sistematizar y transformar información en soluciones concretas.

Actualmente trabaja junto a Fernando Jaime, compañero de carrera, en un proyecto a nivel municipal en el que combinan tecnología y procesos aplicados al deporte de alto rendimiento. La idea, explica, es tomar información, organizarla y presentarla de manera clara y útil para que distintos organismos gubernamentales puedan apoyarse en esos datos al momento de tomar decisiones. Ese proyecto sintetiza buena parte de su presente: la mirada del deportista, la formación del ingeniero y la vocación de impacto público. No es casual que hable de procesos, información y toma de decisiones.

La carrera de Ingeniería en Sistemas Informáticos busca formar profesionales capaces de resolver problemas reales en contextos heterogéneos y cambiantes mediante el modelado en entornos informáticos. En el caso de Estelles, esos contextos no son abstractos: pueden ser organizaciones deportivas, municipios, equipos de trabajo, áreas de rendimiento o sistemas donde la información existe, pero necesita ser ordenada para convertirse en conocimiento útil.

Dentro de la disciplina informática, hay dos áreas que lo atraen especialmente. La primera es la seguridad informática. “Desde que arranqué a estudiar es el área que más me interesa aprender y, de hecho, lo estoy haciendo por mi cuenta”, aclara. La segunda es el desarrollo de software, un campo que ya forma parte de su actividad laboral. Pero Estelles entiende que la formación universitaria, aunque fundamental, no alcanza por sí sola en una industria que cambia de manera permanente. “En la carrera aprendés lo esencial, pero la realidad es que la tecnología avanza a una velocidad enorme. Por eso creo que es clave mantenerse actualizado con herramientas y tecnologías de vanguardia, algo que muchas veces hay que salir a buscar por cuenta propia”, analiza.

Los conocimientos adquiridos en la UAI le permitieron, según dice, construir una base técnica sólida. “Fundamental, desde el punto de vista técnico, fue haber podido aprender los cimientos y entender de fondo cómo funcionan los sistemas y cómo desarrollarlos”, explica. Esa comprensión le dio una mirada sistémica y global para afrontar desafíos. Pero no reduce su formación a lo estrictamente técnico. También destaca competencias vinculadas con el pensamiento, el análisis y la organización del trabajo: “Aprender a pensar un problema y analizarlo bien antes de salir a resolverlo es algo que parece obvio, pero no lo es. La carrera me terminó de dar orden y disciplina a mi forma de trabajar”.

Su paso por la universidad también incluyó investigación. En los últimos años participó en cinco de ellas: una sobre Arquitectura de Software, una sobre Blockchain y tres sobre Seguridad Informática. Para Estelles, investigar no es sólo cumplir con una exigencia académica, sino una oportunidad para ahondar en temas de interés. “El hecho de hacer investigaciones es más que nada una excelente excusa para profundizar y aprender sobre temas que a uno le interesen”, asevera. A lo largo de estos trabajos, rescata: formular preguntas, buscar información, meterse de lleno en un tema, adquirir conocimiento y dejar un aporte. “La verdad que lo recomiendo, porque más allá de la parte académica, lo interesante es el proceso en sí: investigar, meterte de lleno en un tema y adquirir conocimiento mientras al mismo tiempo hacés un aporte que queda”, detalla.

Entre esas experiencias, una investigación sobre Blockchain fue especialmente desafiante. El equipo, integrado por Estelles y tres compañeros, decidió primero desarrollar un MVP funcional (primera versión de un software) durante un fin de semana. El prototipo incluía smart contracts, front y una API (Interfaz de Programación de Aplicaciones). Recién después construyeron la investigación alrededor de esa idea, explicando su aporte y alcance. “Fue un desafío porque por un lado nos propusimos hacer el MVP en 36 horas, así que fue contrarreloj. Por el otro, era un tema en el que ninguno tenía demasiada experiencia, con lo cual íbamos aprendiendo y construyendo al mismo tiempo”, revela.

Hacia adelante, le interesaría trabajar sobre OSINT (inteligencia de fuentes abiertas) o ingeniería social. Los define como temas “divertidos e interesantes” y reconoce que le gustaría invertir tiempo en elegir un nicho específico para realizar una investigación. Esa inclinación confirma su interés por la seguridad informática, pero también por los aspectos humanos, estratégicos y contextuales de la tecnología. No se trata sólo de código o infraestructura, sino de comprender cómo circula la información, cómo se construyen vulnerabilidades y cómo intervienen las personas en los sistemas.

Cuando evalúa su paso por la Universidad, Estelles es contundente: “La verdad, impecable”, dice. Destaca que hay un interés claro en acercar herramientas y oportunidades a los estudiantes para que aprendan. Pero enseguida agrega una condición: hay que tener ganas de aprovecharlas; la universidad, en su mirada, abre puertas y el alumno debe decidir atravesarlas. Los docentes aparecen allí como facilitadores de una vocación que se fue afirmando con el tiempo. Si al comienzo de la carrera no estaba totalmente seguro de si la informática le iba a gustar, hoy se encuentra a punto de recibirse y proyecta un futuro dentro del área.

Los valores del rugby siguen presentes en esa construcción. El primero que menciona es el trabajo en equipo. “Al haber hecho deporte grupal desde los cuatro años, es algo que tengo totalmente integrado en mi vida y mi personalidad”, comenta. Sabe que no todas las personas vienen con esa experiencia incorporada, por eso intenta sostenerla en la carrera y en el trabajo. A ese valor le suma disciplina y resiliencia, dos cualidades que el alto rendimiento exige y que luego se aplican casi sin pensarlo en otros ámbitos. En el desarrollo de software, como en el rugby, rara vez los problemas se resuelven en soledad. Hay equipos, roles, comunicación, objetivos comunes, errores que corregir y presión por mejorar.

En el tramo final de la carrera, Estelles mira el futuro con una mezcla de prudencia y entusiasmo. Sabe que la Ingeniería en Sistemas Informáticos abre múltiples caminos y que elegir bien será parte del desafío. “La carrera tiene muchas aristas para las cuales uno se puede dirigir después de terminarla. Creo que lo importante es elegir la correcta dentro del interés de uno y después poder dedicarse a ello”, reflexiona. La seguridad informática aparece como una posibilidad fuerte, un área que le despierta verdadero interés, pero también está el deseo de unir deporte y tecnología, una línea en la que ya empezó a trabajar y que define como algo que “sería espectacular”.

Juan Pablo Estelles aprendió a reinventarse sin dejar de lado su valiosa experiencia anterior. El rugby le dio identidad, viajes, amigos, selección nacional, Juegos Olímpicos y profesionalismo internacional. La tecnología le ofrece hoy otro campo para crecer, investigar, crear soluciones y proyectar impacto. Entre una etapa y otra no hay ruptura total, sino continuidad de valores: disciplina, curiosidad, trabajo en equipo, resiliencia y búsqueda de excelencia. “Mi idea es especializarme en el área que más me guste y decida seguir, para poder dedicarme cien por ciento a eso”, dice. La frase podría pertenecer a un estudiante avanzado, a un desarrollador en crecimiento o a un deportista profesional. En Estelles conviven los tres. Y quizá allí esté la singularidad de su recorrido: haber cambiado de cancha, pero no de actitud.