Un estudio redefine la evaluación del riesgo cardiovascular en mujeres
En la última década, la medicina ha acumulado evidencias de que el corazón de las mujeres no enferma ni se manifiesta igual que el de los varones. Un equipo de investigadores de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), con base en la Unidad de Hipertensión Arterial y Riesgo Cardiovascular del Hospital Escuela Eva Perón, acaba de aportar pruebas contundentes: entre mujeres consideradas “sanas” por los esquemas tradicionales, la mitad presenta rigidez arterial o envejecimiento vascular acelerado, una lesión incipiente y silenciosa que eleva el riesgo de infarto, accidentes cerebro vasculares y muerte cardiovascular.
“Se trató de un trabajo realizado en mujeres que para una mirada clásica y tradicional de la medicina ‘estaban sanas’. Sin embargo, los últimos años nos han mostrado que las mujeres no sólo no desarrollamos enfermedad cardiovascular (ECV) de la misma manera que los varones, sino que también podemos desarrollar ECV por exposición a otros factores de riesgo, muchos de ellos ligados a nuestra propia trayectoria hormonal y reproductiva”, explica la doctora Albertina Ghelfi, investigadora del Centro de Altos Estudios en Ciencias Humanas y de la Salud (CAECIHS), docente de la Carrera de Medicina de la UAI, y coordinadora de la Unidad de Hipertensión Arterial y Riesgo Cardiovascular del Hospital Escuela Eva Perón
El estudio nació en 2022 como iniciativa en el Hospital Escuela Eva Perón y creció con rapidez, tanto en alcance como en reconocimiento. Con un diseño transversal y multicéntrico, se enfocó en mujeres jóvenes y de mediana edad, exhaustivamente evaluadas para excluir factores de riesgo clásicos (hipertensión, diabetes, dislipemia, obesidad y tabaquismo), y descartar signos de enfermedad establecida en laboratorio, imágenes vasculares, cardíacas y neurocognitivas.
“Para valorar estos factores particulares, seleccionamos mujeres que no tuvieran ningún factor de riesgo tradicional. Nos aseguramos de que se encontraran normotensas y que en su laboratorio no presentaran alteraciones de la glicemia, perfil lipídico ni alteraciones renales. También debían contar con estudios previos que demostraran que no tenían ateromas, ni alteraciones a nivel cardíaco, ni deterioro cognitivo”, detalla Ghelfi. Este perfil era compatible con mujeres de “riesgo bajo” para cualquier score habitual de estratificación.

La clave metodológica fue incorporar, junto a ese exhaustivo “filtro” de salud tradicional, los denominados factores género‑específicos y emergentes: antecedentes de menarca (primera menstruación) antes de los 10 años o menopausia precoz antes de los 40; hipertensión o diabetes del embarazo y preeclampsia; parto pretérmino; además de enfermedades autoinmunes, cáncer, ansiedad o depresión diagnosticada, y VIH bajo control clínico.
“Entre ellas, las dividimos en dos grupos: aquellas que tampoco tenían factores de riesgo género‑específicos ni emergentes (control sano) y aquellas que tenían al menos uno de esos factores. A destacar: aunque tuvieran estos factores, los mismos debían estar controlados”, puntualiza la investigadora.
Para descartar sesgos, se excluyeron fármacos que pudieran alterar los resultados. Este encuadre recalcó que el fenómeno estaba siendo subestimado por los modelos clásicos y que la mirada con perspectiva de género era impostergable. El estudio permitió describir cómo, aun sin factores tradicionales, la medición de la rigidez arterial podía delatar un daño vascular temprano que las calculadoras convencionales pasaban por alto; y reseñó que, entre mujeres con “potenciadores” de riesgo, la frecuencia de rigidez rondó el 50% y motivó reclasificaciones de riesgo más realistas.
La herramienta diagnóstica utilizada fue la velocidad de onda de pulso carotídeo‑femoral (VOP‑cf), un estudio no invasivo y validado internacionalmente como “gold standard” para detectar rigidez aórtica. Medir la VOP‑cf equivale a cronometrar cuánto tarda el “latido” en viajar desde la carótida al sector femoral: cuanto más rígidas las arterias, más rápido se propaga la onda.
“A todas las pacientes les medimos la velocidad de onda de pulso (VOP) mediante tonometría. Si la VOP resulta más elevada que el percentilo 75 de normalidad, hablamos de envejecimiento vascular acelerado (EVA) o rigidez arterial (RA). ¿Qué nos encontramos? La mitad de las mujeres que tenían factores género‑específicos o emergentes ya tenía RA”, resume Ghelfi. La VOP: al permitir “ver” alteraciones funcionales invisibles en ecografías o análisis de rutina, el método reveló lesiones arteriales tempranas en la mitad de las participantes, incluso en las más jóvenes.

El hallazgo encaja con literatura internacional que vincula la rigidez aórtica (medida por VOP) con mayor riesgo de eventos mayores y con un poder predictivo adicional a los scores tradicionales. Estudios prospectivos y metaanálisis muestran que sumar VOP mejora la reclasificación del riesgo y anticipa eventos cardiovasculares mayores; otros trabajos han demostrado que aun estimando la VOP con parámetros clínicos se conserva valor pronóstico, y que la rigidez progresa desde etapas preclínicas como la prediabetes. Este cuerpo de evidencia robustece la conclusión del equipo de investigadores: detectar la rigidez a tiempo permite intervenir sobre trayectorias vasculares antes de que el daño se consolide.
“Estas mujeres de ‘riesgo para los scores tradicionales, en realidad eran mujeres que ya demostraban afectación de sus arterias. No se trataba de mujeres sanas, sino de mujeres exploradas con métodos que no permitían detectar este tipo de daño, que es precoz, incipiente y (tal vez lo más importante) en la mayoría de los casos: reversibles”, afirma Ghelfi.
Repensar la salud cardiovascular desde una mirada de género
Múltiples cohortes han mostrado que cada 1 m/s por encima del valor esperado de VOP se asocia con incrementos relativos del riesgo cardiovascular en el orden del 13–15%, por lo que la identificación temprana habilita medidas farmacológicas y no farmacológicas capaces de “rejuvenecer” el árbol arterial y reducir la probabilidad de infarto o ACV. “Dicho esto, la detección temprana de la condición permite tratamientos tempranos, por lo que podemos influir en las trayectorias vasculares, mejorándolas e incluso normalizándolas”, agrega la especialista.
El camino científico y de divulgación fue vertiginoso. Tras la fase inicial en 2022, la investigación ganó el premio ISH‑SAHA de la International Society of Hypertension y la Sociedad Argentina de Hipertensión Arterial en 2023 por el análisis en enfermedades reumáticas autoinmunes, y volvió a ser distinguida en 2024 ya con experiencia multicéntrica. Este reconocimiento llega por “replantear” la evaluación del riesgo en mujeres y por mostrar enfermedad vascular subclínica en pacientes normotensas sin factores tradicionales, pero con “potenciadores” de riesgo.
La expansión territorial consolidó la evidencia. “Allí se sumaron otras provincias (Córdoba y Mendoza) y pudimos reforzar que se observaba lo mismo en otras poblaciones del país. Durante 2025 la experiencia se amplió. Se sumaron más centros dentro de las provincias que ya participaban, se sumaron centros de la provincia de Buenos Aires y también un hospital de Montevideo, Uruguay. Actualmente, seguimos recolectando datos”, detalla Ghelfi.

En paralelo, el grupo publicó sus resultados en la revista American Journal of Preventive Cardiology y fue objeto de artículos de divulgación que remarcaban el punto ciego de los modelos tradicionales y proponían incorporar la VOP como herramienta complementaria para captar daño vascular precoz en mujeres jóvenes o asintomáticas.
Más allá del laboratorio, el aporte central es clínico y cultural. La investigación propone interrogatorios y mediciones distintos para cuerpos distintos. Incorporar antecedentes gineco‑obstétricos (preeclampsia, parto pretérmino, menopausia temprana), condiciones autoinmunes, depresión, cáncer o VIH bien controlado a la anamnesis cardiovascular puede marcar la diferencia entre clasificar a una paciente como “bajo riesgo” o identificar a tiempo un proceso de envejecimiento vascular vulnerable pero reversible.
“Una mayor RA se ha vinculado con mayor riesgo de infarto, ACV y muerte por causa cardiovascular. La presencia de RA se comporta como un factor independiente. Se estima que obtener un valor de 1 m/s por encima aumenta entre 13 y 15% el riesgo cardiovascular”, sintetiza Ghelfi, en sintonía con lo que la literatura internacional viene subrayando y con lo que los artículos periodísticos ya tradujeron al lenguaje ciudadano.
El trabajo permite concluir que si la mitad de las mujeres con factores género‑específicos o emergentes y sin factores clásicos ya presentan rigidez arterial, el momento de actuar es ahora. “La RA es una lesión incipiente y temprana de las arterias, que no puede detectarse a través de métodos ecográficos ni de laboratorio”, advierte Ghelfi. Por eso, la estrategia propuesta por el equipo UAI‑HEEP combina educación, tamizaje dirigido y seguimiento cercano para modificar comportamientos, ajustar tratamientos y, sobre todo, evitar eventos duros en el futuro.
En palabras de la médica: “La detección temprana de la condición permite tratamientos tempranos por lo que podemos influir en las trayectorias vasculares, mejorándolas e incluso normalizándolas”.
Reconocimiento a la investigación
La Universidad Abierta Interamericana acompañó esta línea de trabajo desde su génesis, a través del CAECIHS y de la docencia e investigación en la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud. En 2024, la UAI destacó institucionalmente que el proyecto había sido distinguido por la International Society of Hypertension y por la Sociedad Argentina de Hipertensión Arterial, subrayando su aporte para “repensar la evaluación” del riesgo cardiovascular en mujeres.
La difusión nacional e internacional contribuyó a instalar la VOP como una herramienta escalable, sin radiación y de fácil implementación para agregar valor a los esquemas de prevención, tal como proponen las guías más modernas cuando analizan marcadores de rigidez arterial como complemento de los scores clásicos.


