La salud después de los 50

En diálogo con el diario Infobae sobre los desafíos que enfrenta la llamada Generación Silver, el director de la carrera de Medicina de la Universidad Abierta Interamericana en Rosario (UAI), doctor Jorge Kilstein, trazó un panorama que combina datos clínicos, observaciones sociales y recomendaciones prácticas para quienes comienzan a transitar su vida a partir de las cinco décadas. La entrevista, pone el foco en cómo las transiciones vitales (jubilación, separación, nido vacío) pueden traducirse en efectos físicos y emocionales que muchas veces pasan desapercibidos hasta que se manifiestan en forma de enfermedades crónicas o deterioro cognitivo.

Kilstein sostiene que para los adultos los cambios vitales suelen percibirse con una carga de irreversibilidad que dificulta la reconstrucción de redes de contención. En este sentido explicó que, a diferencia de etapas más jóvenes, “la sensación de que las pérdidas y cambios representan situaciones irreversibles” limita la capacidad de las personas para rehacer proyectos personales y vínculos sociales. Esa percepción, dijo, es central para entender por qué la soledad en este tramo etario tiene un impacto tan profundo.

El director de la carrera de Medicina subrayó que la dificultad no es solo el alejamiento físico de los hijos o la pérdida de roles familiares, sino la necesidad de reconstruir un proyecto de vida individual después de años dedicados al cuidado de otros. Esa reconstrucción exige estrategias activas y un acompañamiento que vaya más allá de la atención biomédica tradicional.

 

De la soledad al cuerpo

Kilstein describió con detalle los mecanismos fisiológicos que vinculan la soledad prolongada con problemas de salud. En su explicación a Infobae, la soledad activa el eje hipófiso-suprarrenal y provoca una mayor secreción de cortisol, lo que se traduce en estrés biológico sostenido. Ese aumento de cortisol explicó, favorece la aparición de síntomas como insomnio, fatiga persistente, dolor generalizado y aumento de peso.

 En términos clínicos, el especialista advirtió que estos cuadros pueden confundirse con síndromes como la fibromialgia y, a su vez, contribuir al desarrollo de enfermedades cardiovasculares y al incremento de la incidencia de demencias. Kilstein sintetizó el riesgo con una frase contundente: “La soledad aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, incrementa la incidencia de demencia y de infartos”. A su vez, planteó que la soledad no es un mero estado emocional sino un factor de riesgo que debe ser detectado e intervenido por el equipo de salud.

Una de las distinciones que Kilstein enfatizó fue la diferencia entre la cantidad de contactos y la profundidad de las conexiones emocionales. En ese sentido afirmó: “No es lo mismo tener amigos en una red social que compartir actividades significativas en el mundo real”. La hiperconectividad digital no reemplaza el contacto físico ni las experiencias compartidas que actúan como amortiguadores frente a la depresión y el deterioro cognitivo.

El especialista explicó que una persona puede estar rodeada de gente y, sin embargo, sentirse sola. Esa desconexión emocional, más que el aislamiento físico, es la que conduce a estados de embotamiento afectivo, pérdida de motivación y retraimiento social. Por eso, la calidad de los vínculos y la participación en actividades comunitarias aparecen como elementos protectores esenciales.

 

El rol del médico: mirar más allá del laboratorio

Kilstein insistió en la necesidad de que el médico clínico incorpore en su práctica la indagación sobre el contexto social y emocional del paciente. “El valor del médico clínico reside en su capacidad para mirar más allá de lo objetivable y comprender el entorno vital del paciente”, señaló. Esa mirada integral permite identificar factores de riesgo no visibles en los exámenes de laboratorio, como la soledad en personas viudas o en quienes han sufrido pérdidas recientes.

Entre los indicadores que pueden alertar al profesional, el director de la carrera de Medicina mencionó la hipertensión arterial, el sobrepeso y alteraciones metabólicas que, en algunos casos, tienen un componente psicosocial subyacente. Detectar estos signos tempranamente y preguntar por la red de apoyo, las actividades diarias y el estado anímico puede marcar la diferencia entre una intervención oportuna y el avance silencioso de patologías crónicas.

Frente a los riesgos descriptos, Kilstein propuso un conjunto de estrategias preventivas centradas en la integración de actividades placenteras y satisfactorias en la rutina cotidiana. Recomendó mantener proyectos personales, reconstruir redes sociales reales y priorizar la socialización presencial por sobre la interacción virtual. Entre las medidas concretas sugirió la práctica regular de ejercicio aeróbico, la participación en actividades físicas grupales, el desarrollo de hobbies y la vida comunitaria como recursos protectores.

En el artículo de Infobae, el especialista advirtió que estas actividades deben ser elegidas por placer y no convertirse en nuevas obligaciones que generen estrés. La clave es que las rutinas generen disfrute y sentido, lo que a su vez actúa como barrera frente a la depresión y el declive cognitivo. Kilstein planteó que mantener una vida social activa es tan relevante para la salud como realizar controles médicos periódicos, por lo que los planes de prevención deberían incluir la promoción de vínculos reales y actividades comunitarias.

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