El regreso de AC/DC a River tras 17 años: la vigencia, el fuego y el estruendo de siempre

Por Mateo Bóveda Formaro

El regreso de AC/DC a la Argentina no era un regreso más. Era, en términos simbólicos y culturales, una restitución. Una deuda emocional saldada entre una banda que construyó parte de su leyenda en Buenos Aires y un público que la adoptó como propia desde hace décadas. Porque si algo quedó claro desde aquella trilogía de shows en 2009 —convertida luego en documento histórico— es que la relación entre AC/DC y el público argentino trasciende lo musical: es ritual, es identidad, es pertenencia.

Diecisiete años después, el reencuentro no solo cargaba con el peso de la nostalgia, sino también con la inevitable pregunta sobre la vigencia. ¿Puede una banda nacida en los años 70 seguir generando el mismo impacto en un ecosistema musical atravesado por nuevas estéticas, plataformas digitales y consumos fragmentados? La respuesta llegó sin matices: sí, y con una contundencia aplastante.

Desde lo sonoro, AC/DC sigue operando bajo una lógica casi contracultural para los tiempos que corren. Mientras gran parte de la industria se orienta a la experimentación híbrida, ellos sostienen un ADN inalterable: riffs filosos, estructuras directas y una potencia que no negocia con las modas. En vivo, esa decisión estética se transforma en una experiencia física. No es solo música: es volumen, es vibración, es cuerpo.

En el centro de esa maquinaria sigue estando Brian Johnson, cuya voz —áspera, desgarrada, inconfundible— continúa siendo el vehículo emocional de la banda. A su lado, Angus Young mantiene intacta su dimensión performática: uniforme escolar, energía inagotable y una conexión visceral con el público que convierte cada solo en un acto teatral. Angus no ejecuta la guitarra: la encarna.

La formación actual también funciona como un puente entre pasado y presente. Stevie Young, sobrino del histórico Malcolm Young, asume con solvencia el rol rítmico que definió el sonido de la banda. Lejos de ser un reemplazo meramente técnico, su presencia sostiene la continuidad estética y familiar de AC/DC. A ellos se suman Cliff Williams y Phil Rudd, pilares de una base que combina precisión y contundencia.

La noche se vislumbraba espectacular: un Monumental colmado, con una marea humana que oscilaba entre generaciones. Padres e hijos, fanáticos históricos y nuevos oyentes, todos reunidos bajo un mismo código: el del rock como experiencia colectiva. La expectativa era concreta y casi ritualística: escuchar himnos como Highway to Hell, Back in Black o Dirty Deeds Done Dirt Cheap. Canciones que no solo sobreviven al paso del tiempo, sino que se resignifican en cada ejecución en vivo.

El show comenzó con una construcción audiovisual que dialoga con el imaginario clásico de la banda: en las pantallas, un muscle car americano rugía como prólogo, evocando velocidad, potencia y carretera. Una metáfora perfecta del universo AC/DC. Cuando finalmente la banda irrumpió en escena, el estadio explotó en una reacción que no fue sorpresa, sino confirmación: el vínculo seguía intacto.

A partir de allí, lo que se desplegó fue una coreografía precisa entre sonido, luces y energía. Cada riff de Angus funcionó como detonador colectivo, cada golpe de batería como un pulso compartido. El público no fue un espectador pasivo, sino un actor central: cantó, saltó, respondió. En AC/DC, el show nunca es unilateral; es un contrato implícito entre banda y audiencia.

En términos de puesta en escena, el espectáculo mantiene una lógica monumental pero efectiva. No hay sobrecarga conceptual ni artificios innecesarios: hay cañones, hay fuego, hay campanas gigantes y pantallas imponentes, pero todo está al servicio de la música. En una era donde muchos shows apuestan a lo hiperproducido, AC/DC reafirma que el impacto puede construirse desde la claridad y la coherencia estética.

Lo más interesante, quizás, es cómo la banda logra sostener su relevancia sin necesidad de reinventarse. En lugar de adaptarse a la industria, obliga a la industria a seguir escuchando su lenguaje. Y eso, en términos de historia del rock, es un rasgo distintivo de los grandes.

El regreso a River no fue solo un concierto. Fue una reafirmación de vigencia, un acto de resistencia cultural y una celebración de una identidad sonora que se niega a diluirse. AC/DC no vino a recordar lo que fue: vino a demostrar lo que todavía es. Mientras haya un riff encendido y un público dispuesto a responder, el fuego no se apagará nunca.