The Boys of Dungeon Lane
Por Mateo Bóveda Formaro
Con The Boys of Dungeon Lane, Paul McCartney nos lleva a un viaje a través de su vida, de sus experiencias, y sobre todo su música. La nostalgia funciona como un elemento que tiene mala fama, que tiende a ser reaccionario y manifestar que todo lo pasado fue mejor y que la felicidad que se respiraba en aquel tiempo anhelado ya no existe más. Pero si a eso le sumás que sos uno de los mejores compositores de todos los tiempos y fuiste parte de la banda más éxitosa y prestigiosa de todas, ese efecto negativo de la nostalgia misma desaparece para convertirse en algo extremadamente escaso y valioso en estos tiempos: un disco atemporal que ya es un grandísimo lanzamiento en este año.
El disco es McCartney puro, recordemos que es el primer lanzamiento que hace el ex Beatle en más de cinco años tras el más que notable “McCartney III”. En este nuevo álbum Paul presenta catorce nuevos temas en los que explora su pasado y sus mil y una anécdotas en una forma bonita y sutil en la que se mueve por un pop que no tiene una definición clara pero que tan bien sabe hacer el de Liverpool y que obviamente cuenta con su impronta a la hora de hacerlo.
El trazado retrospectivo por los recuerdos del todavía romántico Paul McCartney cristaliza en un buen puñado de canciones destacadísimas –“As You Lie There”, la acústica “Down South”, “Ripples In A Pond”, “We Two”, “Lost Horizon” o “Mountain Top”– y buenas segundas guitarras como –“Never Know”, “Come Inside” o una “Home To Us” en la que comparte con el bueno de Ringo Starr–. La referencia también esconde algunas de esas gemas que no hacen sino engrosar la leyenda, concretadas en “First Star Of The Night”, el single “Days We Left Behind”, “Salesman Saint”, y esa maravilla al piano que es “Momma Gets By” y cierra de forma majestuosa el álbum. “The Boys Of Dungeon Lane” tal vez no sea el mejor disco solista de Paul McCartney, ni pretenda serlo, pero sin dudas es uno de los buenos en el que nos permite conectar con la faceta de Paul más íntima y reflexiva.
“The Boys Of Dungeon Lane” es, en todo caso, por vigésima vez, la muestra en forma de CD de un autor legendario, irrepetible, una obra que con el tiempo tomará aún más importancia (si no la tiene ya) de un artista de los que ya no quedan, de un talento inagotable que da una insinuación de perpetuidad, que se sabe finita. Algún día Paul partirá sin pasaje de regreso, y ahí se verá que álbumes como este vean multiplicada su tasación al instante, con el músico dejando tras de sí un mundo mejor, envuelto en preciosas melodías como las que también presiden esta, en definitiva, encantadora entrega.


