50 años de la Dictadura Civico-Militar: marcha, conmemoración y reclamo en el Día de la Memoria, Verdad y la Justicia

Por Mateo Bóveda Formaro

A medio siglo del 24 de marzo de 1976, la memoria en Argentina ya no se expresa solo en archivos, juicios o discursos institucionales. Se manifiesta, sobre todo, en la calle. Este 2026, la conmemoración de los 50 años del golpe volvió a confirmar que el Día de la Memoria es, ante todo, un hecho político presente: una movilización masiva, transversal y cargada de sentido actual.

En la Ciudad de Buenos Aires, el epicentro volvió a ser la Plaza de Mayo. Desde temprano, columnas de organismos de derechos humanos, sindicatos, partidos políticos, estudiantes y familias confluyeron en una marcha que, lejos de ser ritual, se mostró como una toma de posición frente al presente. La convocatoria fue multitudinaria: decenas de miles de personas colmaron el centro porteño, replicando una escena que se extendió en simultáneo a lo largo de todo el país .

La imagen se repitió en Rosario, Córdoba, Mendoza, La Plata y decenas de ciudades más. No fue una marcha aislada, sino una red de movilizaciones que confirmaron que la memoria en Argentina tiene una dimensión federal. A 50 años, el recuerdo no se concentra: se distribuye, se reproduce y se resignifica en múltiples territorios.

Pero lo más significativo no fue la cantidad, sino el contenido del reclamo. Las consignas históricas —“Memoria, Verdad y Justicia”, “Son 30.000”, “Nunca Más”— convivieron con demandas contemporáneas. La marcha no solo recordó a las víctimas: cuestionó el presente. Entre los cánticos y los documentos leídos en Plaza de Mayo, emergió una crítica explícita a lo que distintos sectores consideran un retroceso en las políticas de derechos humanos.

Organismos como las Madres de Plaza de Mayo y Abuelas volvieron a ocupar el centro simbólico de la jornada, pero ya no están solas. Las acompañan generaciones que no vivieron la dictadura, pero que se apropian del legado. Esa convivencia generacional es uno de los rasgos más potentes del 24 de marzo actual: la memoria dejó de ser patrimonio de quienes la padecieron directamente y se convirtió en una construcción colectiva en disputa.

El contexto político le dio a la jornada una intensidad particular. La discusión en torno a lo que el gobierno de Javier Milei denomina “memoria completa” —una narrativa que busca equiparar la violencia estatal con la de las organizaciones armadas— fue uno de los ejes centrales de la movilización. En la calle, esa posición fue leída como una relativización del terrorismo de Estado y generó una respuesta contundente: el reclamo por sostener el consenso democrático construido desde 1983 .

A esto se sumaron cuestionamientos por recortes en áreas vinculadas a derechos humanos y por el rumbo general de la política estatal en la materia. En ese marco, la marcha adquirió un doble carácter: conmemorativo y defensivo. No solo se recordó el pasado; se intentó proteger una política de Estado.

Otro dato relevante fue la construcción simbólica de la movilización. La campaña “¿Dónde están?”, impulsada por organismos, invitó a los participantes a marchar con fotos de desaparecidos, reponiendo la dimensión humana de la tragedia y reforzando la idea de que hay preguntas aún abiertas . No se trata solo de memoria abstracta, sino de historias concretas que siguen interpelando.

En términos políticos, el 24 de marzo a 50 años dejó en evidencia algo más profundo: que el pasado sigue siendo un campo de disputa activa. La memoria no es un consenso cerrado, sino un territorio donde se enfrentan interpretaciones, intereses y proyectos de país. Y la calle aparece como el escenario privilegiado donde esas tensiones se hacen visibles.

En la Argentina contemporánea, marchar el 24 de marzo ya no es solo un acto de recuerdo. Es, cada vez más, una forma de intervenir en el presente. Porque a 50 años del golpe, lo que está en juego no es únicamente cómo se narra la historia, sino qué tipo de democracia se quiere construir hacia adelante.