Manuel Belgrano; educador popular y guerrero piadoso

*Fabián Lavallen Ranea

Se ha escrito mucho y desde distintas miradas sobre Manuel Belgrano, uno de los máximos próceres argentinos. Pero a medida que se sigue indagando sobre su pensamiento, su acción y su palabra, parece que su imagen se agiganta, se expande y se vuelve día a día más sorprendente, teniendo cada vez más razones para seguir admirándolo, evocándolo no sólo por el hecho imponente de ser quien creó y sostuvo en lo alto nuestro estandarte nacional en los momentos más difíciles, sino por múltiples motivos que exceden la Revolución independentista.

Si como dicen “la Patria es la infancia”, cualquiera que haya pasado por sistema educativo, tiene seguramente impregnada la imagen de Belgrano en los espacios más tiernos de su memoria, y por ello, es junto con San Martín uno de los íconos que se atesoran con mayor admiración y respeto en gran parte de la Argentina.

Ahora bien, al igual que el Libertador máximo del Sur, si se indaga un poco más en detalle la vida y el pensamiento de Belgrano, se encuentra a un intelectual inclasificable, a un profesional que logró analizar la economía, la política, la moral y la educación de su tiempo, como sólo un puñado de hombres lo hicieron en aquellos años, con una originalidad y profundidad absolutamente sorprendente. Belgrano fue una mixtura de muchos pensamientos propios de la época, los cuales, aunque podrían parecer contradictorios, estaban amalgamados en un esquema mental (y político) que lograban ensamblarse armónicamente. Esa estructura de ideas, aunque con clara influencia europea, se anclaban en nuestro país y la región de manera “situada”. De los incontables elementos que podrían referenciarse, hay dos aspectos que muchas veces no se recuerdan con la misma asiduidad que otros: fue un educador ilustrado, pero de enraizamiento popular, al cual fácilmente se podría considerar el “Padre de la Educación” argentina; y fue un ferviente hombre de fe, sumamente piadoso y devoto.

 

 

Belgrano educador

Luego de la notable experiencia profesional que tiene como Secretario del Consultado de Comercio de Buenos Aires, y de pensar, discutir y escribir sobre industria, agricultura, economía, etc, a medida que se aproxima la Revolución (1810) Belgrano comienza a discurrir sobre Educación, con un fervor y claridad notables. Él, que había conocido las grandes cortes europeas, y que observó de primera mano el despotismo ilustrado, hace un giro de esa experiencia, y al igual que otro notable educador popular latinoamericano, también muy poco estudiado desde la política, Simón Rodriguez, empieza a “situar” las ideas de formación y de enseñanza, a la realidad social y económica del Río de la Plata, al mismo tiempo que busca difundirlas a un público más amplio, por intermedio de semanarios, escritos, periódicos, varios de los cuales serán innovadores y pioneros en la región.

Difunde la idea de escuelas como motores de “mejoramiento” moral, de capacitación en conocimientos mercantiles y económicos, pero también de trabajo para los oficios, es decir, de labores que le puedan dar sustento al educando. Crea una Escuela de Náutica, y una de Geometría y Dibujo. Posteriormente, en medio de la Guerra Revolucionaria, funda la Escuela de Matemáticas para los oficiales del ejército en formación. Todo esto en un marco de hábitos espartanos, de rutinas de orden y respeto a la buena conducta, a veces bordeando prácticas monásticas.

Para Belgrano la educación debía ser pública y gratuita, sin ningún tipo de distinción, con la misión de llevar al pueblo las herramientas básicas de la formación para su autonomía, siendo la más urgente la alfabetización plena de todos los habitantes. Para dar sólo una muestra de su pensamiento educativo, en un reglamento que el mismo dicta, apunta que los maestros deben tener  un espíritu nacional que le haga preferir el bien público al privado, estando siempre alejados del interés personal, el lujo, el desorden.

Seguramente Belgrano hubiese tenido una notable trayectoria como educador en sus mejores años, en la década de 1810, pero la guerra convocó a los hombres comprometidos, y decidió no quedarse detrás de un escritorio. Se alistó, y mostrando una gallardía insuperable, asumió los desafíos más riesgosos de la época. Pero nunca dejó de ser un educador. Bien es sabido que incluso el premio de 40.000 pesos que le otorga la Asamblea del Año XIII por la batalla de Salta, el General la destina por completo a la creación de cuatro escuelas en el norte argentino.

 

Belgrano hombre de fe

Toda su vida es un itinerario piadoso. Desde su propio testamento, redactado en 1820, donde hace referencias explícitas a sus convicciones religiosas, hasta los momentos previos a una batalla, la religión ocupa un lugar central en su pensamiento y en su acción. En su esquema educativo, incorporaba la enseñanza religiosa como uno de los bastiones de la moral y la ética. El éxito en la batalla es gracias al Todopoderoso, a su “protección” y “grandes beneficios”. Ahora bien, si la religión ocupa un lugar central en su pensamiento, la Virgen María es el eje de ese centro. Es el Sancta Santorum, el Axis Mundi. Su devoción hacia ella, y la permanencia de esa centralidad en toda su vida es muy singular y profunda. Sus palabras, sus memorias, sus cartas, están embebidas del misterio de la Inmaculada, referenciada incontables veces, en todo tipo de situaciones. Dedicándole procesiones, misas, actos solemnes, rituales. Incluso, como en la Batalla de Tucumán puso toda su confianza en la protección de la Virgen de las Mercedes (el 24 de Septiembre de 1812), luego de la victoria, notificó al gobierno de Buenos Aires que la nombraría Generala del Ejército. Es por ello que hoy esa advocación es la Patrona del Ejército argentino. Del mismo modo, luego de la Batalla de Salta, hace llevar las banderas capturadas a los pies de la Virgen de Luján, y le recomienda a San Martín que los soldados lleven un escapulario de María en su pecho.

Belgrano logró mixturar la fe con la ilustración, como ocurría en España. El pensamiento con la acción, la teoría con la praxis, la guerra con el espíritu, la gloria con la mesura. Hombre humilde al extremo, tan desinteresado del dinero que murió pobre. Tan pobre y desinteresado, que el único elemento de valor que tuvo (un reloj de oro de su Padre), se lo regaló al médico que lo atendió en sus horas finales. Reloj que fue robado hace unos años del Museo Histórico Nacional y nunca se encontró.

Fue un ferviente devoto y apasionado del espíritu católico, enamorado de la educación y el orden, de la honestidad y del trabajo, pero además fue un guerrero de la Independencia, que asumió las peores misiones. Y tuvo tiempo y empeño, por si fuera poco, de crear nuestra bandera.

 

*Director de la Lic. en Ciencia Política y Lic. en Relaciones Internacionales de la Universidad Abierta Interamericana

Doctor en Ciencia Política

Posgraduado en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural